jueves, 25 de marzo de 2021

Artes y oficios 12: don Pepe, peluquero


 

Uno de los negocios que más abundan en Autlán es el de las barberías. Caracterizados por los colores oscuros, los dibujos de personajes barbados y los rótulos con letras garigoleadas en sus fachadas, de un par de décadas para acá los locales de barberías han ido tomando el lugar que tenían anteriormente las peluquerías.

Uno de los pocos peluqueros que hay en Autlán actualmente es don Pepe. Su peluquería está ubicada en el barrio de Las Playas, muy cerca de los límites antiguos del pueblo, por la calle Juárez. Nada más llegar se da uno cuenta de las diferencias con una barbería: nos enteramos de que es una peluquería no porque tenga anuncios en inglés en el exterior sino porque desde afuera lucen los dos espléndidos sillones giratorios, tapizados de rojo. En el lugar que ocuparían los posters con ejemplos de cortes de cabello encontramos carteles de toros y fotografías de las Chivas del Guadalajara (de la época del Campeonísimo); en la tele que don Pepe tiene instalada en una esquina se ven noticieros, partidos de futbol o películas y no videos musicales.

Su nombre completo es José de Jesús Medina Vera, aunque su nombre de batalla es simplemente Pepe el Peluquero, con el que es conocido por todo Autlán. Su caso nos recuerda a la forma en que nacieron los apellidos españoles relacionados con oficios, desarrollados a partir de los motes con que se conocía a las personas y que se formalizaron en los documentos legales.

Don Pepe nos contó que comenzó como aprendiz en 1963, a los 13 años de su edad, en la peluquería de Humberto Pérez, apodado la Burra. Estaba en el barrio que entonces era conocido como El Pasajero, en las inmediaciones del cruce de las calles de Constitución y Corregidora. El papel de aprendiz en aquellos años era algo ingrato: el también llamado chícharo era aceptado en el negocio para realizar las tareas tediosas y monótonas, como limpiar el local, hacer los mandados y mantener en orden los implementos de trabajo. El oficial no estaba obligado a enseñarle sus secretos y ni siquiera a pagarle algo por su trabajo, la paga era el aprendizaje que pudiera lograr por sí mismo, observando trabajar a los que sabían. Así, don Pepe se hizo peluquero.

Con la Burra estuvo cinco años, para cambiarse a la peluquería de otra Burra, ésta de apellido Rivera, que estaba en el barrio de Las Montañas y que todavía funciona, ahora atendida por una segunda generación de peluqueros, en la colonia 5 de Mayo. Allá llegó con algún dominio del oficio, que perfeccionó con la práctica y los consejos que el maestro de esta peluquería sí le brindaba. En 1965 comenzó a hacer cortes de pelo por su cuenta y desde entonces se ha dedicado a la peluquería de forma ininterrumpida.

Nuestro entrevistado nos enlistó los estilos de corte que hace y que se han mantenido durante los más de 50 años que ya tiene de carrera, todos para caballero: castaña redonda, castaña cuadrada, abultado, medio abultado, despuntadas y cortes regulares o escolares. Nunca ha hecho cortes “modernos”, como los que implican efectos desvanecidos en secciones de la cabeza o rayas que cruzan una parte del cuero cabelludo a la manera de cicatrices y que han puesto de moda algunos futbolistas. Modas como la ya antigua del corte “de honguito” tampoco salieron de sus tijeras, navajas o máquinas para rasurar.

Cosas que sí han cambiado en su forma de trabajar de medio siglo a la fecha están relacionadas con la higiene: en la década de 1980 los peluqueros tuvieron que comenzar a usar exclusivamente navajas desechables para rasurar, ante la amenaza del VIH. En la visita que le hicimos en este mes de marzo, a un año del inicio de la pandemia por COVID-19, pasamos por el filtro sanitario que fue otro de estos cambios: nos aplicamos gel antibacterial en las manos, desinfectamos las suelas de los zapatos en un tapete y no nos quitamos el cubrebocas en toda la visita.

En la plática don Pepe nos refirió a varios peluqueros autlenses de época, a los que conoció: su padrino el Violón, que trabajó muchos años en la planta baja del hotel Palomar y que popularizó la frase “¡A buscar novia!” que usaba para despedir a cada cliente recién pelado; Morelos, del barrio de la Xóchitl; el Güero Águila; Juan Silva; Jesús Morales; Chema y Crispín Araiza, todos ellos activos en el Autlán de hace 60 años, con menos de la mitad de la población actual. En nuestros días, además de don Pepe, trabajan la ya mencionada segunda generación de las Burras, los hermanos el Güero y Tolín Cisneros, y pocos más. No considera a las barberías y estéticas como una competencia frontal, puesto que los peluqueros tradicionales tienen a su propia clientela.

Don Pepe tuvo pocos aprendices, pero sí hubo quien aprendió el oficio con él. Uno de ellos tiene el oficio de peluquero pero ahora trabaja como profesor en el Centro Universitario de la Costa Sur. Pero no es común que haya jóvenes interesados en aprender el oficio en una peluquería, ahora prefieren inscribirse en una academia de belleza.

Este peluquero de Las Playas cuenta entre las cabezas que ha aliñado en su dilatada carrera a la del general Marcelino García Barragán, a quien iba a pelar a domicilio en la casa en que vivía frente a la Catedral. Con él no hacía mucha plática, el semblante tan adusto y la fama del militar no ayudaban a que hubiera confianza. Sin embargo, recuerda un intercambio de palabras que tuvo con él, el típico para romper el hielo: el general le dijo que prefería el calor al frío, don Pepe se manifestó de acuerdo porque el clima cálido se puede sobrellevar con un buen baño, a lo que el oficial le respondió que el frío también era fácil de combatir, mediante el simple uso de prendas abrigadoras. La incipiente conversación no fue más allá.

Otro de sus clientes fue el malogrado obispo Everardo López Alcocer. A él sí le cortaba el pelo en la peluquería, cuando trabajaba todavía con la Burra de Las Montañas. A pesar de no ser don Pepe el oficial de esa peluquería, el pastor de la diócesis de Autlán lo buscaba siempre a él y esperaba turno si acaso lo encontraba ocupado. “Hoy es día que no te lavas las manos”, le comentaba zumbón su jefe cuando el obispo salía por la puerta de la peluquería, ya con el cabello corto.

Antiguamente las peluquerías y otros negocios tenían en Autlán una curiosa función extra: al terminar la jornada, cayendo la tarde, eran punto de reunión del maestro y sus amigos, quienes “arreglaban el mundo” discutiendo de política y desmenuzando las últimas noticias, jugaban dominó u otros juegos de mesa o tocaban la guitarra, no pocas veces al calor de bebidas espirituosas. En una tertulia de este tipo, celebrada en el taller de zapatería de don Felipe Uribe, nació la idea de fundar la Sociedad Mutualista de Empleados, Obreros y Artesanos.

En nuestros días las peluquerías tradicionales siguen manteniendo su lugar como punto de reunión del barrio, a la manera de los antiguos mentideros. Además de los detonadores de plática y polémica que son los carteles de futbol y toros que don Pepe tiene en su peluquería, hay fuentes inagotables como la política local y nacional que permiten mantener pláticas fluidas y sabrosas entre el peluquero y sus clientes y, con ellas, un ambiente de cordialidad y camaradería.

Don Pepe considera que, de desaparecer el oficio de peluquero tradicional, Autlán perdería una forma única de convivir en los barrios y nosotros agregamos que se debilitaría también la cohesión social. En otros tiempos los peluqueros eran personajes a los que acudían los vecinos para conseguir algún consejo de cualquier tipo, incluyendo los relativos a la salud o legales.

La clientela de don Pepe actualmente la componen mayormente hombres, mayores de edad, pero también hay señoras que le llevan a sus niños a pelar. Pocos jóvenes vienen a cortarse el pelo, la mayoría va a estéticas o barberías.

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