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domingo, 13 de julio de 2025

Bitácora de viaje 12: a San Gabriel, en busca de indicios rulfianos

Los ojos de Juan Rulfo, en Hamburguesería y Arte El Tamarindo. 

Como última actividad del taller de lectura de la novela Pedro Páramo que se realizó entre mayo y junio pasados en Autlán, este sábado 12 de julio un grupo de catorce personas viajamos al municipio de San Gabriel, para conocer algunos de los lugares que fueron significativos en la vida de Juan Rulfo y los ambientes y sitios que se describen en su obra. Partiendo desde el estacionamiento de la plaza Galerías, el viaje comenzó a las 8:10 horas.

Luego de una parada para desayunar de las famosas carnitas a la leña que se preparan en Apulco, hacia las 10:20 horas llegamos a la población de Telcampana, donde fuimos recibidos por el señor José Asunción Rodríguez Estrada, quien tiene el título de cronista rural del municipio de San Gabriel. Él nos guio por algunos de los lugares de San Gabriel que tienen relación con Juan Rulfo y su obra, en cada uno de los cuales nos dio una explicación sobre la historia del municipio, de la familia del escritor gabrielense y sobre las conexiones de cada lugar con la obra rulfiana. En todos estos sitios estuvimos acompañados por el director de Cultura de San Gabriel, Raúl Lugo Galindo.

El cronista rural (extrema izquierda) y el grupo de visitantes de Autlán, con las ruinas de la hacienda de Telcampana al fondo.


El primer punto que visitamos fueron las ruinas de lo que fue la hacienda de Telcampana, que fuera propiedad del señor Jacinto Cortina Rivera, de Sayula. El cronista rural nos contó parte de la historia de esta hacienda, cuyo casco fue construido a finales del siglo XVIII y que colapsó en 1934, a partir del reparto agrario; los visitantes pudimos recorrer libremente las ruinas para tomar fotografías y sorprendernos con la belleza que aún guardan. En la actualidad, previo permiso de la persona encargada, las ruinas se pueden visitar y el gobierno municipal las ha utilizado para realizar actividades artísticas de diversos tipos, como el reciente concierto de la Banda Sinfónica de Colima y la representación de la obra de teatro Las mujeres de Pedro Páramo, por la compañía Teatro Danza Huitzil, ambos en mayo pasado. En este sitio es donde fue recibido el cadáver de don Cheno, el padre de Juan Rulfo, traído por un grupo de personas que se alumbraban con antorchas, en una cantidad tal que hacía parecer, en palabras del hermano de Juan, que el llano estaba en llamas. De ahí vendría el título de uno de los libros de Juan Rulfo.

Detalle del monumento del mirador Vine a Comala.


De Telcampana pasamos al mirador Vine a Comala, ubicado en el camino hacia Sayula, a unos 15 minutos de San Gabriel. Aquí pudimos contemplar el llano casi completo, con los volcanes a la izquierda, el cerro del Petacal al centro y, al fondo, el Cerro Grande. Un llano que ya no luce como “una llanura rajada de grietas y de arroyos secos” sino, como pudimos observar, parece más como un mosaico de lagunas de plástico conformadas por las instalaciones de las empresas agrícolas tecnificadas que ahora lo pueblan, enmarcadas en la verdura de los cerros circundantes, que proclaman las bondades del temporal de lluvias. El cronista nos explicó en este sitio cuáles eran los caminos para salir de San Gabriel en tiempos de Juan Rulfo, hacia Ciudad Guzmán, a Colima o a Sayula. El camino de Sayula, que pasaba un poco más al poniente de la carretera actual, sería el sitio en el que ocurrió el encuentro entre Juan Preciado y Abundio Martínez en Pedro Páramo, representada en el conjunto escultórico que preside este mirador. La Comala a la que se refieren estos personajes sería San Gabriel, según una interpretación de la descripción del paisaje que hacen estos personajes en la novela.

Monumento de la Alcantarilla.


De aquí pasamos al pueblo de San Gabriel, a donde entramos por la calle de Francisco I. Madero para visitar el barrio de La Alcantarilla. En el cruce de esta calle con la de Primer Centenario se encuentra un monumento que recuerda al cuento Macario, de Juan Rulfo, donde el protagonista inicia su relato sentado junto a la alcantarilla, donde espera a que salgan las ranas. El cronista nos explicó que con el nombre de alcantarilla se conoce a las pilas que se encontraban en lugares estratégicos del pueblo para el almacenamiento y distribución de agua, al no existir tomas domiciliarias como en la actualidad. Esta esquina fue objeto de una remodelación para conservar la última de estas alcantarillas y construir el monumento, en un sitio que correspondería al que conoció el autor de El Llano en llamas y habría retratado en su cuento.

Rostros de Rulfo bajo el tamarindo.


Al terminar esta etapa del recorrido, caminamos hasta la esquina de Primer Centenario con la calle de 5 de Junio, que corre paralela al río Salsipuedes. En esta calle pasamos a conocer, fuera de programa, las instalaciones de la tenería Chávez, el último taller de curtiduría que se conserva en San Gabriel. En la siguiente cuadra, esquina con la calle de Cristóbal Colón, llegamos al domicilio de la señora Marisol Ramírez Vizcaíno, bisnieta de don Carlos Vizcaíno, el hacendado de Apulco y abuelo de Juan Rulfo. La señora Marisol nos recibió amablemente en su casa y nos mostró algunos rincones de ella, así como retratos de familia y parte de la obra de su esposo Pablo, jardinero y artista plástico. Pero también nos contó historias familiares de los Vizcaíno, que adquirieron esta casa para que los integrantes de la generación de la madre de Juan Rulfo pudieran vivir en el pueblo y asistir a la escuela, servicio con el que no se contaba en Apulco. Del corredor de la casa pasamos al patio, donde la familia tiene instalado un restaurante de hamburguesas en el que se pueden ver algunas obras de don Pablo sobre Juan Rulfo: algunas máscaras con su rostro, un dibujo mural de sus ojos, logrado con trozos de carbón y un espacio en el que han dejado su firma y mensajes personas como Juan Carlos Rulfo, el fotógrafo Sergio Tapiro y el investigador Axel Flores. Bajo la sombra del tamarindo que rige el patio, leímos en voz alta un fragmento del cuento Es que somos muy pobres, en recuerdo del desbordamiento del río Salsipuedes en junio de 2019, que causó daños a este patio y a todo el barrio.

La casa de la infancia de Rulfo.


Don Jorge Sedano bajo los peculiares arcos de su casa.


La siguiente etapa fue la casa en la que Juan Rulfo vivió su infancia, ubicada en Hidalgo número 8, en el centro de San Gabriel. Esta casa solo la vimos por fuera, al estar cerrada permanentemente por no habitar en ella sus propietarios, radicados en los Estados Unidos. La que sí pudimos visitar es su vecina número 10, de la familia Sedano, donde nos recibió el señor Jorge Sedano, propietario de ella y ex presidente municipal de San Gabriel en el periodo 1998-2000. Él nos habló de la historia de su padre, Lucio Sedano, quien fuera administrador de la hacienda de Telcampana y que, además, se dedicaba a elaborar contratos y otros documentos legales; estos oficios y su mismo nombre hacen creer que en él se habría inspirado Rulfo para crear el personaje de Fulgor Sedano (Fulgor vendría de las primeras letras del nombre de don Luciano, entendidas como Luz). Esta interpretación ocasionó que aquí leyéramos un fragmento de Pedro Páramo, en el que Toribio Aldrete comienza su fatal conversación con Fulgor Sedano, el administrador de Comala. Don Jorge nos habló también de la historia de su casa, construida por su abuelo hace más de 150 años y que tiene características arquitectónicas únicas, como los arcos de los corredores.

En el portal Ocampo.


El portal Ocampo, frontero a la parroquia de San Gabriel, fue el siguiente punto del recorrido, donde el cronista nos habló de la historia de la economía en su municipio, que conoció una época de esplendor antes del reparto agrario, cuando fue el centro comercial de la región; en esta época la plaza frente a este portal cumplía las funciones de un mercado, a donde acudían personas de la región a comprar y vender. El portal Ocampo era parte de esta dinámica, que Rulfo habría retratado en Pedro Páramo, en el pasaje en el que menciona a los indios de Apango que venían a vender sus productos al portal.

El antiguo Colegio Josefino.


Al terminar la visita al portal tuvimos un par de horas para comer, para lo cual todos los visitantes pasamos al restaurante Casa Grande, frente al kiosco de San Gabriel. Al terminar este necesario descanso, el cronista nos mostró la finca que albergó, en tiempos de la infancia de Rulfo, al Colegio Josefino, donde el futuro escritor estudió los primeros años de la educación básica. El edificio es ahora propiedad de la Iglesia, que hasta hace unos años lo utilizaba como preseminario, aunque actualmente no parece tener un uso regular: los pasillos lucen sucios y los prados descuidados, la mayoría de los salones están vacíos y no se perciben indicios de alguna actividad constante. El lugar es significativo, sin embargo, por haber visto una parte de la infancia de Juan Rulfo y, claro, por su indudable valor arquitectónico.

En este punto, la mayor parte de los visitantes de Autlán se despidieron para regresar a su municipio, con cansancio en las piernas pero también con un mejor conocimiento del contexto vital de Juan Rulfo y de cómo se pudieron haber construido algunos personajes y pasajes de su obra.

martes, 29 de abril de 2025

Bitácora de viaje 11: una visita a las instalaciones de Casa Corona, en Tonaya


 Por Rodrigo Tovar Vaca

 

En el marco del 11° Festival Regional del Agave del municipio de Tonaya, posterior al Conversatorio “Conociendo Nuestra Raíz” que se celebró el viernes 25 de abril en la Casa de la Cultura Mónico Soto Grajeda, la empresa destiladora Grupo Corona ofreció a los asistentes un recorrido por sus instalaciones.

Como primera parada estuvimos en la fábrica de mezcal Casa Corona, que se encuentra en la zona urbana de Tonaya. Ahí iniciamos la visita en un pequeño auditorio que se usa para reuniones y conferencias, con la exhibición de un video de la historia de esta empresa, en el que se destaca su origen familiar.

Enseguida, hicimos un breve recorrido por la fábrica bajo la guía de un trabajador especializado en atender este tipo de visitas. De esta forma conocimos los procesos que se siguen para lograr los distintos productos, como el envasado, la fermentación y la destilación, que se realizan de forma industrial y con el concurso de más de 200 empleados, cada uno especializado en un paso del proceso. El recorrido se realizó siguiendo estrictas medidas de seguridad, que implicaron el uso de equipos como casco y cofia y zapatos cerrados y sin tacones.

Una vista de los viñedos.


Al terminar el recorrido, los visitantes nos trasladamos a los viñedos que el Grupo Corona tiene en las cercanías de Tonaya, a la vera del camino rumbo a Tenango. Allá también contamos con la guía de personal especializado, que nos informó que la producción de uva para vino es un proyecto que la empresa está apenas iniciando. Actualmente se cultivan cuatro tipos de uva.

La visita incluyó el viñedo y las instalaciones donde se está iniciando con la producción de vino, donde también se nos explicaron detalles sobre el cultivo de la uva y los retos a que se han enfrentado para lograrlo en este lugar, así como de los procesos para producir distintos tipos de vino, con el detalle del funcionamiento y uso de cada equipo.

Donde ocurre el proceso de la producción del vino.


En estas instalaciones también se tiene proyectado contar con servicios turísticos, para ofrecer experiencias del proceso de la vendimia y la cata de vinos. El recorrido concluyó con un brindis con vino chileno y tablas de quesos, en una pequeña cava que se encuentra frente al viñedo.

Fue una experiencia interesante no solo conocer el proceso para la producción de una de las bebidas más populares de la región, como es el mezcal, sino también que se esté emprendiendo en una actividad nueva, que es la producción de vino y el fomento de la cultura alrededor de esta bebida.



jueves, 27 de junio de 2024

Bitácora de viaje 10: Día del Padre en Comala

 


El domingo 16 de junio emprendimos un viaje a Comala, el pueblo mágico colimense, no porque alguien nos hubiera dicho que ahí vivía nuestro padre sino solo para hacer un viaje familiar a manera de festejo del Día del Padre. Salimos de Autlán pocos minutos después de las 7:00 horas, luego de alguna indecisión sobre la pertinencia del paseo provocada por la tormenta que se desató sobre aquella región la misma madrugada del domingo, visible y audible desde Autlán. La vista matutina de los volcanes luego de la tormenta, recortados en un cielo nublado pero apacible, nos decidió definitivamente a tomar camino.

Cruzamos los pueblos por los que pasa la carretera que nos conecta con Ciudad Guzmán mientras en ellos revoloteaba la animación propia de una mañana de domingo: la fonda de Alicia en Las Paredes comenzando a llenarse, fritangas de puerco en casi cualquier pueblo, puestos de pajaretes de vaca o de chiva, el ajetreo en los invernaderos de Bioparques y el pueblito que se ha ido desarrollando alrededor de esta agroindustria (que ya cuenta hasta con tianguis), una moderada carga vehicular en la carretera, todo con un toque más alegre de lo habitual, acaso producido por la reciente lluvia, la primera abundante del deseado temporal… con este ambiente cruzamos el valle de Autlán y el llano rulfiano: El Mentidero, Las Paredes, El Grullo, El Limón, Tonaya, Apulco, La Croix...

Unos cuantos kilómetros más allá de Cuatro Caminos llegamos al crucero que conecta a la carretera estatal con la cabecera municipal de Zapotitlán de Vadillo, desde donde se toma una nueva carretera estatal que lleva directo a Comala. Decidimos tomar este camino, a pesar de ser más estrecho y plagado de baches que el que rodea por Ciudad Guzmán, con tal de conocer otra región de Jalisco y otra de sus fronteras con Colima, una menos conflictiva que la de Cihuatlán y menos trillada que la del rumbo de Tuxpan.


El Volcán de Fuego, asomándose detrás de un cerro.

Y la elección fue muy acertada: el simple recorrido del camino entre Zapotitlán y Comala es una experiencia estética placentera. La carretera serpentea, en un constante pero suave descenso, entre barrancas labradas por escurrimientos que por milenios han bajado de los volcanes, cuya imponente presencia enmarca el viaje de forma casi continua. A la salida de cada curva, detrás de cada árbol, ora al lado izquierdo, ora al derecho, se ve brotar a las majestuosas montañas que vigilan esta región del país. Pero no solo son los volcanes lo que hay que ver en esta parte de Jalisco: hay una zona arqueológica que se llama Los Cerritos, que desde la carretera luce como una serie de pequeñas cuevas labradas en el paredón de la montaña; la vista del cerro del Petacal como despidiéndose del llano que se va quedando atrás y el paulatino cambio de vegetación conforme se avanza hacia la llanura costera también son elementos atractivos. Fue una sorpresa encontrar pequeños autobuses que hacen la ruta entre Zapotitlán y Comala, prestando un invaluable servicio a los habitantes de Chancuéllar, Mazatán, San José del Carmen y otras poblaciones pequeñas asentadas en estos volcánicos parajes.


Cerca de Los Cerritos.

El más ancho de los arroyos que bajan de los volcanes, tributario del río Armería (el Ayuquila de nuestra región) es el que hace las veces de frontera entre Jalisco y Colima en estos lares. Se da uno cuenta de esto gracias a los señalamientos que se encuentran antes de llegar al puente que lo cruza y que lleva el sugerente nombre de Puente Río de Lumbre. Aquí se entra al estado de Colima y, no sé si por la realidad o por simple sugestión, se siente un cambio en la calidad de la carretera, favorable al estado vecino.

Antes de llegar a Comala hay que manejar algunos kilómetros entre una vegetación exuberante, en una carretera flanqueada por grandes árboles. Se pasa por Suchitlán, que viene a ser el espacio fresa de Comala, algo así como lo que es Ajijic a Chapala: hay restaurantes a orilla de carretera, muchos de ellos con nombres e imagen basados en el concepto del café. Acaso por ser domingo, a la hora que pasamos por ahí los dichos restaurantes ya estaban llenos, con cada espacio de estacionamiento ocupado por algún vehículo. Pero ese no era nuestro destino, así que no pasó de ser solo un dato curioso.

Calle Hacienda Nogueras.


Llegamos a Nogueras, una población del municipio de Comala, poco después de las 10:30 horas, dejamos el carro bajo la sombra de un árbol y pasamos a conocer la parte medular de este lugar, sobre la calle que se llama precisamente Hacienda Nogueras. Ahí se encuentran las tres sedes del Museo Universitario Alejandro Rangel Hidalgo y el Centro Universitario de Gestión Ambiental y Ecoparque Nogueras, administrados por la Universidad de Colima. Nogueras fue una hacienda azucarera, floreciente durante el siglo XIX y un tanto venida a menos en el XX, que pasó por las manos de varias familias prominentes. De ella quedan en pie el chacuaco y la capilla, entre otros vestigios desperdigados por el pueblo, lo que hace recordar a la hacienda de Ahuacapán.

Una fachada de Nogueras.


La calle que ya mencioné y sus alrededores tienen la particularidad de albergar algunas casas cuyas fachadas llevan el sello rangeliano: colores vivos, diseños triangulares en las pequeñas ventanas y una simbiosis con la naturaleza del lugar, representada por un árbol frondoso, macetas o jardineras bien cuidadas. La calle es bastante bonita, todas sus fincas son de arquitectura regional, cuenta con un arbolado sano y bien cuidado y con elementos sobrevivientes de la hacienda, como un tramo de acueducto ahora flanqueado por bugambilias. Aquí se encuentra también la capilla, pequeña y austera pero bien conservada, en un estilo que recuerda a la de Ahuacapán pero mucho más pequeña. Las campanas de la capilla están ahora resguardadas dentro del templo, debido a que el último terremoto dejó unas feas cuarteaduras en el campanario, que esperan a ser reparadas.

Una vista de la capilla de Nogueras.


Entramos a dos de las sedes del Museo de Alejandro Rangel, la principal y la que fue su estudio, ambas son pequeñas pero cargadas de objetos de interés. En la primera hay una sala con obra original del pintor colimense, incluyendo su interpretación del retablo barroco de Santa María Tonantzintla, el cuaderno donde está su primer dibujo y algunos muebles diseñados por él. Esta sala desemboca en las que resguardan la colección de piezas prehispánicas que Rangel fue conformando a lo largo del tiempo, con figuras que los habitantes de los alrededores de Nogueras le llevaban a regalar. Hay aquí piezas de gran valor, muy bien conservadas y dispuestas en vitrinas en una organización basada en lo que las figuras representan: vasijas de diversos tipos, dirigentes o personas prominentes, escenas de la vida cotidiana, los famosos perritos colimotes, entre otras. Desafortunadamente, no se cuenta con fichas técnicas por no conocerse el origen exacto y el contexto en que fueron halladas las piezas.




Piezas prehispánicas en el Museo Rangel Hidalgo.


La segunda de las salas de piezas prehispánicas está diseñada como un horno, sin ventanas e iluminada con luz roja y con las vitrinas distribuidas en los costados y al fondo de la sala. El horno tiene que ver con el proceso de cocción de las piezas de barro, de las que vemos verdaderas maravillas: una mujer llorando, un murciélago, vasijas cuyas patas son unos pericos, guerreros, cargadores, unos amigos que caminan abrazados… en los textos curatoriales se advierte que, si bien los antiguos habitantes de Colima no dejaron escritos en los que describieran sus costumbres, sí que dejaron una crónica de su vida a través de estas figuras.


Artículos de la vida cotidiana en la hacienda de Nogueras.


Las demás salas de esta sede están dedicadas a la vida durante la época de apogeo de la hacienda, incluyendo una cocina completa con artículos originales, como un filtro de agua, un zarzo y todo lo necesario para la confección de los alimentos, así como muebles diseñados por Rangel.



La sede que antes fue el estudio de Alejandro Rangel está poblada de artículos que le sirvieron en vida. Muebles, libros, herramientas, reproducciones de su obra, que nos ofrecen un ambiente cercano al que él mismo creó en vida. Entre sus libros vimos obras de historia de Colima, de arte y algunas de literatura; también hay fotos familiares en la hacienda de Nogueras, cuando la familia Rangel vivió aquí.

Artículos de la Tiendita Rangeliana.


En la acera de enfrente está la Tiendita Rangeliana, en la que se venden toda clase de artículos estampados con la obra del personaje más relevante de Nogueras: camisetas, llaveros, separadores de libros, tarjetas, posavasos, las infaltables tazas… también hay reproducciones de sus cuadros más conocidos, a precios muy accesibles. Afuera de la tiendita, un señor ofrecía una bebida llamada bate, hecha a base de chan, una semilla semejante a la chía, que se sirve mezclada con jarabe de piloncillo. Esta bebida es refrescante y energizante, y tiene una consistencia muy espesa, como de atole.



Luego de un rato en Nogueras, pasamos a Comala, a donde se llega siguiendo una calle que lleva el nombre del escritor Luis Spota. Se trata de un camino empedrado, a cuyas orillas corren lienzos de piedra y algunas casas, amén de buena cantidad de árboles, conformando una muy buena escenografía para hacer fotos. Nos estacionamos muy cerca de la plaza principal; contrario a lo que creímos, no tuvimos ningún problema para encontrar un espacio, que además estaba a la sombra de un árbol.

Portales de Comala.


Luego de recorrer los portales que rodean la plaza, apretados de comercios que ofrecen souvenirs de todas clases, nos instalamos en el famoso restaurante Don Comalón, que ofrece carnes, mariscos y cantidades generosas de botanas variadas y completas, que van desde los tacos de guisados hasta las tostadas de guacamole. El portal en el que se encuentra este restaurante tiene otros negocios de comida, todos con mesas y sillas instaladas dentro del local pero también en el portal, lo que dificulta mucho transitar por ahí. También abundan los músicos que ofrecen sus servicios a los comensales, de géneros de mariachi y norteño, que tocan al mismo tiempo y producen un ambiente cacofónico, turístico en el peor sentido, que contrasta con la imagen de pueblo provinciano, tranquilo, que ofrece Comala.

El altar mayor de la parroquia de Comala.


La parroquia de Comala, dedicada a san Miguel, se halla también frente a la plaza, al lado contrario de la Presidencia Municipal. Es una construcción espaciosa, fresca, bien cuidada, de un estilo ecléctico con dos campanarios asimétricos. Como la mayor parte del pueblo, el templo está pintado de blanco y tiene elementos que hablan de su historia: la tumba del padre Francisco de Sales Vizcaíno se encuentra en el atrio, junto a una campana fechada en 1873. El altar principal es muy sencillo y muestra un dorado muy bien conservado, es presidido por una imagen de Cristo crucificado.

El kiosco.


La plaza de Comala es limpia y cómoda, tiene un buen arbolado que actualmente sirve como soporte a retratos de personas desaparecidas que son buscadas por sus familiares y que constituyen un recordatorio de que no todo está bien en nuestro entorno. El elemento principal es el kiosco, conformado por una estructura metálica sobre una base de material, coronada por una veleta. El diseño de la estructura recuerda al moderno kiosco de Autlán, cuando estaba en buenas condiciones. Aunque lo que más busca el visitante a Comala cuando llega a la plaza es la estatua de Juan Rulfo, que aparece sentado en una banca en actitud de contar algo a un niño, que lo escucha absorto sentado en el suelo frente a él, obra del escultor Rubén Hernández Guerrero. Al fondo luce la torrecilla de la Presidencia Municipal, como en la famosa fotografía que se le tomó al escritor gabrielense en este lugar en la década de 1960.




En Comala hay que comer pan dulce, en especial picones, la especialidad gastronómica del pueblo. También el café, que se produce aquí mismo, y el ponche son productos que forman parte de la experiencia de visitar este pueblo mágico. Luego de abastecernos de algunos de estos productos, tomamos el camino de regreso a Autlán, a media tarde y por la misma ruta que nos llevó a Comala, la de Colima. Un rato no es suficiente para conocer todo lo que hay aquí, pero es un buen inicio.



lunes, 25 de julio de 2022

Bitácora de viaje 9: la infancia de Antonio Alatorre

Las ruinas de lo que fue la Escuela Superior para Niños.

La mañana del domingo 24 de julio, en la víspera del centenario del nacimiento de Antonio Alatorre, un grupo de autlenses y visitantes realizamos un recorrido de poco más de una hora entre el atrio de la parroquia del Divino Salvador y el jardín de Las Montañas, para visitar algunos de los lugares más significativos en la vida del eminente filólogo en Autlán. En este recorrido participamos integrantes del Club de Lectura Trashumante, que en julio estamos analizando la novela La migraña (el recorrido es parte integral de este análisis), funcionarios municipales de Cultura y dos visitantes ilustres: el artista Miguel Ventura, viudo de Antonio Alatorre, y el hispanista Ernesto Reséndiz Oikión.

Bajo la guía del cronista de Autlán, Guillermo Tovar, el recorrido comenzó alrededor de las 10:10 horas en el atrio de la parroquia del Divino Salvador y tocó seis puntos sobre las calles de Margarito González Rubio y Antonio Borbón, con duración de poco más de una hora. En cada uno de estos puntos el cronista daba una explicación de lo que hubo en ese sitio y cómo se relaciona con Alatorre y su obra.

En el atrio de la parroquia del Divino Salvador.


La primera estación fue al arranque, en el atrio de la parroquia, donde se explicó que el conjunto arquitectónico compuesto por la parroquia y el curato son parte del núcleo original de la traza moderna de Autlán, sitio donde se asentaron los franciscanos en 1543 para catequizar a los indígenas autlecos, que vivían en barrios separados de lo que ahora es el centro de la ciudad. Además, en este lugar estuvo el cementerio de Autlán, lugar donde en 1706 fue sepultado, en paz con la Iglesia, el curandero Marcos de Monroy, personaje principal del libro El brujo de Autlán, de Alatorre. Puede ser que en algún sitio cercano todavía se encuentren sus restos.

Aquí estuvo El Gran Número 8.


De aquí partimos hacia el norte, para llegar a la esquina donde actualmente se levanta la sucursal del banco BBVA. En ese mismo lugar estuvo, hace un siglo, la tienda El Gran Número 8, de don Gumersindo Alatorre, una de esas tiendas de abarrotes que surtían a los habitantes de Autlán pero también a quienes venían de poblaciones cercanas a llevar su mandado. Don Gumersindo, además, vendía aquí sus famosas tablillas de chocolate, que él mismo preparaba en su casa. La tienda cerró a finales de la década de 1920 y, años después, en ese mismo sitio funcionó la central camionera.

El tercer lugar que visitamos fueron las ruinas de la finca que hace un siglo albergó a la Escuela Superior para Niños, en la esquina de las calles de Antonio Borbón y Mariano Escobedo. En esa finca, que dentro de poco ya no va a existir, dado el estado en que se encuentra, Antonio Alatorre inició su vida académica, a los cuatro años de edad, como alumno de primaria: ahí aprendió lo que se aprende hoy en una escuela de ese nivel, más nociones de astronomía, de física, de electricidad, oficios… pero, sobre todo, contrajo el amor al conocimiento y a las palabras, que no lo abandonaron en toda su vida. En la Escuela Superior para Niños se formaron, además, otros grandes personajes autlenses: Efraín González Luna, Ernesto Medina Lima, Marcelino García Barragán…

En la casa que fue de los Alatorre Chávez.


Siempre hacia el norte, caminamos una cuadra más, para llegar al lugar donde arranca la calle de Ignacio López Rayón. Justamente en la esquina norte de este cruce se conserva, en buenas condiciones, la casa en la que nació Antonio Alatorre, el 25 de julio de 1922. La casa, ya dividida en varias propiedades, mantiene las líneas originales de su fachada, cuya continuidad demuestra que se trataba originalmente de la misma finca. Esta es la casa en la que Antonio Alatorre vivió sus primeros doce años de vida y de la que dejó recuerdos en varios lugares: en La migraña, donde describe el patio central de la casa, en la entrevista con Jean Meyer en la que recuerda algunas de las aventuras que corrió con sus hermanos, entre otros textos. Gracias a la generosidad de la familia Esparza Guzmán, que habita una de las propiedades en que está dividida la casa, pudimos conocer parte del antiguo patio, que conserva instalaciones como un lavadero y una pila, algunas de las bardas de adobe originales, el antiguo mango y, lo más impactante: un jarrón de barro, posiblemente de Tlaquepaque, que tiene escrito el nombre de Celia Alatorre (la hermana mayor de Antonio) y la fecha 26 octubre de 1934. Es decir, pocos meses después de que Antonio saliera de Autlán. El jarrón se conservó sobre una de las paredes de la casa y fue rescatado, completo, hacia 1992.

El jarrón de Celia.


Cruzando la calle de Borbón desde la casa que fue de los Alatorre está la llamada Casa de la Iglesia, una construcción moderna que se levantó donde hace 100 años vivía la maestra María Mares y en la que el niño Antonio pasaba tardes enteras leyendo los libros de su maestra, que además le prodigaba un cariño maternal. Según la entrevista con Jean Meyer, hasta allá tuvieron que ir a recogerlo de su casa en varias ocasiones porque se quedaba dormido.

En el jardín de Las Montañas.


El recorrido terminó en el jardín Atanasio Monroy, mejor conocido como jardín de Las Montañas, centro neurálgico del barrio de Las Montañas, el más antiguo y de mayor tradición en Autlán. En las actividades sociales de este barrio, entre las que se cuentan grupos de teatro, coros y las que corresponden al calendario litúrgico, la familia Alatorre participaba activamente: la señora Sara Chávez llegó a proporcionar obras de teatro de su biblioteca a algunos de los grupos, por ejemplo. Según explicó el cronista, en el lugar donde ahora están la parroquia y el hospital de Las Montañas ha habido hospital de indios y capilla desde el siglo XVI, conectado con el convento franciscano por la calle de Borbón, que podría ser la más antigua de Autlán.

Luego de terminar el recorrido y con la presencia de unas 20 personas (para entonces ya se habían unido al grupo los integrantes del colectivo Bestiario), comenzó una plática con el título Antonio y La migraña, en la que Miguel Ventura y Ernesto Reséndiz explicaron algunos detalles de la novela de Alatorre y de cómo fue publicada.

Escuchando a Miguel y a Enrique.


Miguel nos compartió recuerdos y comentarios personales sobre su vida con Antonio, que nos permitieron conocer su forma de pensar y parte de su personalidad. Explicó cómo, al salir del Seminario, Alatorre tenía una cierta necesidad de “entrar en el mundo”, de adoptar actitudes y costumbres de moda en la sociedad. De esta forma comenzó a fumar, a beber whisky (aprender a fumar y a beber alcohol “le costó un huevo y medio”), y a experimentar con LSD. En esta etapa se aficionó a la mariguana, de la que durante muchos años fumaba constantemente e, incluso, llegó a tener un plantío particular en su propia casa. En palabras de Miguel, Alatorre llegó a creer que la mariguana le ayudaba a vencer el bloqueo creativo que sufrió durante algún tiempo, aunque cuando el médico le prohibió fumar se dio cuenta de que no la necesitaba para nada. Antonio Alatorre también habría experimentado con otras drogas, como peyote y hongos; las visiones relacionadas con ellas estarían relacionadas con las descripciones que hace en La migraña de la “amiba” que tiene en un ojo y del chorro de luz que anuncia el acceso de migraña. A propósito de esta novela, entre las carpetas con documentos que dejó Alatorre al morir, encontró el manuscrito de La migraña, mismo que entregó a sus hijos para que ellos lo publicaran.

De Ernesto Reséndiz supimos detalles como las modificaciones que se hicieron al manuscrito original en la publicación: se eliminó la fecha 1 de mayo de 1973 con la que comenzaba la novela y se añadió un párrafo al final, redactado por los hijos de Alatorre. Estos cambios, dijo, son indebidos desde el punto de vista filológico, puesto que debe respetarse el manuscrito que dejó el autor. La novela, dijo, está escrita para que, desde la ficción, podamos ver la realidad del autor. La calificó también como una “novela de formación”, un género que existe desde el siglo XIX para mostrar cómo un personaje nace, crece, se educa y tiene un trayecto vital.

Ernesto compartió algunas claves y opiniones de La migraña que pueden resultar útiles para quien se adentra en su lectura: algunos guiños a obra de autores como san Juan de la Cruz, un desdoblamiento del autor y el personaje a la manera del cuento Borges y yo y una influencia de Proust en la meticulosidad de la descripción y el detalle. Hay, también, a juicio de Ernesto, una mirada homoerótica en el pasaje de la secundaria de General Anaya y un reflejo de su afición al cine en las “películas” que produce en sus sueños.

Se trató, en resumen, de dos recorridos: uno físico, por los lugares en los que el niño Antonio Alatorre se formó, y otro mental, por los recuerdos y experiencias del Antonio adulto y por su obra más personal.

miércoles, 18 de mayo de 2022

Bitácora de viaje 8: Por los caminos del sur. Crónica de un sábado en el llano en llamas


 

El 16 de mayo de 1917 nació Juan Rulfo. Y todavía a 105 años de distancia sigue encendida la disputa entre Apulco y Sayula sobre el lugar exacto de su llegada a este mundo: los documentos (fuente más sólida para cualquier historiador) dicen claramente que nació en la capital de la provincia de Ávalos, pero la tradición oral (fuente acaso no tan sólida pero con más capacidad de replicarse), reforzada con declaraciones del autor de El Llano en llamas, afirma con toda seguridad que nació en una de las habitaciones de la casa grande de la hacienda de Apulco, propiedad de su abuelo, don Carlos Vizcaíno.

Pero, disputas históricas aparte, estos dos pueblos y el de San Gabriel celebran cada año el aniversario del nacimiento de Rulfo, con distintos recursos pero con el mismo ánimo de no olvidar su relación con este autor, cumbre de las letras hispánicas.

El sábado 14 de mayo estuvimos en Apulco. Para esa mañana, a las 10:00, estaba anunciada la inauguración del programa del 4° Festival Cultural Apulco Cuna de Juan Rulfo, que organiza el Comité de Cultura y Turismo de ese lugar. Unos diez minutos antes de esa hora llegamos al jardín principal del pueblo una comitiva autlense compuesta por los académicos del Centro Universitario de la Costa Sur Jesús Medina y Verónica Guerrero, el productor de Radio Universidad Autlán, Silvestre Díaz, y el cronista de Autlán, Guillermo Tovar. El ambiente en ese momento era profundamente rulfiano: las calles del interior del pueblo ostentaban un silencio y una quietud casi perfectas, con un calorcillo que a esa hora ya comenzaba a anunciar lo que ofrecería un par de horas después. Las viejas paredes de adobe, los portales y las banquetas empedradas parecían estar pobladas de murmullos… era eso o que los lectores de Rulfo a veces ya vamos programados para encontrar esos elementos en los lugares en los que sabemos que estuvo el escritor.

El caso es que hasta varios minutos después de esa hora un vecino del pueblo nos indicó que no era en el jardín sino en el Monasterio de Nuestra Señora de la Paz donde encontraríamos a los organizadores y las respuestas que buscábamos. Y sí, ahí estaban ya las organizadoras junto con los hermanos adoradores perpetuos del Santísimo Sacramento dando los últimos detalles a la ceremonia de inauguración. Al paso de los minutos fueron llegando algunos de los protagonistas de la jornada: el presidente municipal de Tuxcacuesco, Ramón Reynaga Araiza; la maestra de ceremonias, Veiruth Gama Soria; la artista en formación Brenda Guadalupe Vargas Ramírez… todos nos fuimos reuniendo en el atrio de la basílica menor de Apulco, esperando algo que no sabíamos bien qué era.

Ya sobre las 11:00 horas llegó al atrio, caminando, el cineasta Juan Carlos Pérez Rulfo Aparicio, hijo de Juan Rulfo. Un taxi de San Gabriel lo había dejado a la entrada de Apulco, no pudo encontrar otro medio de transporte público que lo llevara. Y era él a quien esperábamos: luego de los saludos y fotografías de rigor se nos invitó a pasar a la entrada principal del monasterio, para comenzar las actividades del día.



El primer momento del programa del día fue el corte del listón en el zaguán del monasterio. Este listón, que simboliza la inauguración de las actividades, fue cortado por Juan Carlos Rulfo y el presidente de Tuxcacuesco. Hecho esto, pasamos al extremo sur del patio del monasterio, donde se realizó una ceremonia de develación de una placa conmemorativa del nacimiento (en Apulco) de Juan Rulfo. La placa fue develada en ese sitio, montada provisionalmente sobre un caballete porque posteriormente se colocará en su sitio definitivo. La placa ostenta la siguiente inscripción:

ANTIGUA HACIENDA DE APULCO,

DE LA FAMILIA DE JUAN RULFO,

RECONOCIDO ESCRITOR

DE “PEDRO PÁRAMO Y EL LLANO EN LLAMAS”.

“Efectivamente, nosotros nacimos en Apulco”

(Rulfo, 1977)

APULCO, JALISCO            14 DE MAYO DE 2022



Fueron Juan Carlos Rulfo y el presidente de Tuxcacuesco quienes retiraron el velo a la placa, ante la mirada de las integrantes del Comité de Cultura y Turismo de Apulco, una regidora del Ayuntamiento de Tonaya, el ingeniero José Guadalupe López Sotomayor, cronista de Apulco, y la comitiva autlense que mencioné antes, además de familiares de Juan Rulfo procedentes de Tonaya y San Gabriel.

Juan Carlos Rulfo dio un mensaje al terminar la develación, en el que dejó ver la importancia de Apulco en la vida de su padre pero también la necesidad de que se emprendan acciones que permitan su desarrollo; afirmó que hay mucho trabajo por hacer en la región pero es necesario que la figura de Rulfo será como un ejemplo de pertenencia para todos sus habitantes. “Apulco está profundamente metido en el corazón, tan profundamente que cuesta trabajo llegar”, dijo.



Del asoleado patio central pasamos a la sala capitular del monasterio, donde Juan Carlos, el presidente municipal y el delegado de Apulco, Paulino Acevedo, firmaron un acta oficial de la develación de la placa, junto con el Comité de Cultura y Turismo. Luego de esta ceremonia se ofreció un refrigerio en los pasillos del monasterio a los asistentes, mientras que Juan Carlos Rulfo y los monjes adoradores pasaban a una de las salas, que fue previamente acondicionada por ellos con objetos de uso común de Juan Rulfo prestados por la familia de Tonaya. En ese sitio le entregaron a Juan Carlos un regalo, consistente en un cuadro en punto de cruz con el retrato del autor de Pedro Páramo con la leyenda Apulco Cuna de Juan Rulfo. El cineasta se comprometió a traer fotografías originales de Juan Rulfo, con la intención de crear una galería en Apulco, y mencionó algunas ideas para lograr que el pueblo tenga mayor presencia de Rulfo.

Un regalo para Juan Carlos Rulfo.


Según el programa, a este emotivo momento seguiría un recorrido guiado por las instalaciones del monasterio. Pero, a solicitud de Juan Carlos Rulfo y previo permiso del hermano Bruno Martínez, regresamos todos a la sala capitular para celebrar una reunión de trabajo, sin planeación o algo parecido, para establecer acciones efectivas para el desarrollo material y social de Apulco y sus alrededores. Juan Carlos planteó la necesidad de que los habitantes de Apulco y la región generen desarrollo a partir de su patrimonio cultural, que incluye a Rulfo y su obra pero no se limita a eso. Orgullo por la tierra, homenaje a los habitantes de Apulco, rescate de la memoria y la gestión de un fideicomiso fueron algunas de las ideas vertidas por el cineasta, complementadas por las de los demás participantes y que se madurarán en próximas sesiones en las que también participará el hijo de Juan Rulfo.

En una de las etapas del recorrido. La sala con objetos utilizados por Rulfo.


Después de casi una hora de reunión se realizó el recorrido programado, bajo la guía de Raquel Enciso, del Comité de Apulco: inició con la exhibición de un video promocional de Apulco en una de las salas del monasterio, producido por Aline Alexandra Barragán. De ahí pasamos a los distintos espacios del monasterio, donde escuchamos la explicación de su historia y su relación con la familia Rulfo, así como del proceso de restauración de la finca, que anteriormente fue el casco de la hacienda de Apulco, respetando en lo posible su estilo y los materiales originales.

Brenda Vargas en la inauguración.


Al terminar el recorrido pasamos a la pizzería que regentan los monjes, para asistir a la inauguración de la exposición Apulco en los colores del silencio, de la joven pintora en formación Brenda Vargas, alumna de la licenciatura en Artes del Centro Universitario de la Costa Sur. Se trata de doce pinturas entre las que hay acuarelas, acrílicos y otras técnicas; cada una está basada en una fotografía distinta de Apulco, a la que la autora agrega elementos que le sirven para expresar algo de la vida del pueblo: el silencio, la quietud, la nostalgia… “aquí se respira ese silencio”, dijo Brenda Vargas para explicar el título de su exposición, que estuvo disponible tres días.

Luego de tomar un raspado de ciruela en la casa frontera a la pizzería, cortesía del Comité de Cultura y Turismo de Apulco, regresamos a Autlán con la esperanza de aportar en las acciones que se emprendan para el desarrollo del llano rulfiano, pero evitando que pierda su esencia.

Apulco en los colores del silencio.