Texto leído por Guillermo Tovar Vázquez en la presentación del libro Sayula, Vargas, en la Feria Municipal del Libro de Autlán, el sábado 25 de abril de 2026La primera noticia que tuve de la
loza de Vargas como una de las artesanías jaliscienses de mayor valía me llegó
en el libro Tradiciones y artesanías de Jalisco, de Luis Sandoval Godoy.
Su texto titulado simplemente Loza de Vargas describe, con un lenguaje
que raya en lo poético y con mucha imaginación, los “cacharros” salidos del
taller de Epigmenio Vargas y sus principales características, como son el
vidriado, los dibujos y caligrafía que se les aplicaban y los diseños de los
terminados.
La segunda noticia sobre la loza
de Sayula la leí en el libro Autlán, del doctor Rubén Villaseñor Bordes,
quien refiere la existencia en el templo de Las Montañas de un viacrucis
elaborado en Sayula, “por sus celebrados alfareros”, en los muros del atrio que
fueron demolidos en la década de 1940, acaso durante la construcción del
hospital de Las Montañas. Este autor no explica más sobre la loza de Sayula,
pero nos hace intuir su valor cuando se lamenta de que el patrimonio cultural
mexicano esté tan a la mano del vandalismo yanqui: estos mosaicos, junto con
otras piezas de loza sayulense que había en casas de Autlán, fueron
recolectados por la antropóloga Isabel Kelly, quien se los llevó, según
Villaseñor, a su casa de la Ciudad de México, yendo a parar después a la
Fundación Fomento Cultural Banamex.
Isabel Kelly aparece también en
el texto de Luis Sandoval Godoy, también como extractora de piezas de loza de
Sayula, aunque referida con palabras más suaves. De lo que nos dicen estos
autores, logré formarme una idea muy difusa de lo que era la loza de Sayula:
que era producto de una técnica novedosa desarrollada por un artesano local, de
un alto valor artístico, pero que se perdió a su muerte debido a que no quiso
enseñar a nadie la dicha técnica. Con el tiempo, conocería otros datos sobre la
loza de Sayula, de autores como Federico Munguía Cárdenas y de la información
que ha publicado la Fundación Banamex, pero no había logrado en realidad un
avance importante en la concepción que tenía de este trabajo artesanal, puesto
que estos datos, a más de parcos, son más bien repetitivos y poco explicados.
Y no es que importe demasiado el
conocimiento que yo tuviera sobre la loza de Sayula antes de conocer la obra de
Ricardo Cortez. Lo comparto porque creo que a la mayoría de nosotros nos pasa
más o menos lo mismo: conocemos el nombre de Epigmenio Vargas y de Isabel
Kelly, tenemos una noción del valor de la loza de Sayula y una idea errónea sobre
la desaparición de este oficio. Y es una pena que los jaliscienses no tengamos
una idea clara de lo que vale esta artesanía y sigamos, la mayoría, anclados en
el tequila y el mariachi como divisas de nuestra identidad, ignorando otras
manifestaciones, al menos tan valiosas como aquellas.
Es aquí donde entra el aporte a
la cultura jalisciense de Ricardo Cortez Guzmán, cuya acuciosa investigación se
ha manifestado a la fecha en dos libros, en exposiciones de piezas de loza de
Sayula y en el aprendizaje del oficio de alfarero, en el que ya ha producido
piezas artísticas. Esta noche presentamos Sayula, Vargas, el segundo de
los libros en los que Ricardo nos da a conocer, con fundamentos sólidos, todo
lo relacionado a la loza de Sayula. El primer libro, titulado Loza de Sayula,
lo presentamos en el Museo y Centro Regional de las Artes en agosto de 2022.
Es Sayula, Vargas un
complemento de Loza de Sayula, dedicado más a la información histórica
que su antecesor. Si en el primer libro hallamos las explicaciones, los
detalles y las características que nos permiten conocer a detalle el valor de
este arte cerámico, en Sayula, Vargas nos enteramos del devenir de la
familia de la que descendía Epigmenio Vargas, llegada del sur de Zacatecas, de
la biografía del mismo Epigmenio y hasta de lo que pudo ser el ambiente y la
convivencia dentro de un taller de loza y las relaciones entre los distintos
talleres que funcionaron en Sayula en el siglo XIX, su época de esplendor, pero
también conocemos la obra y parte de la historia de otros loceros de ese ámbito
terreno y temporal, como Carlos de la Cruz y los Quintero.
Son trece los capítulos en los
que está organizado el libro. En Epigmenio Vargas, el hombre y el mito
nos queda clara la falsedad de la afirmación de que se trataba de un hombre
celoso de su saber, que no quiso enseñar a otros a trabajar su técnica, lo que
lo exonera de la culpa por la pérdida del oficio.
Loza de Sayula, historia y
técnica, nos habla del origen del oficio y el desarrollo que tuvo en
diferentes momentos y regiones de México; en Chrestobal de Vargas, los
ancestros del Teúl, Zacatecas conocemos el origen de la familia Vargas; La
familia Vargas Madrigal trata del nacimiento de esta familia en Sayula, a
la que perteneció Epigmenio; El taller del maestro, el oficio del barro
nos ofrece una posible versión de los ambientes de los talleres loceros; La
familia Quintero, la rosa de Jalisco, es sobre la obra de los loceros de
esta familia, que tuvo su propio sello; Azulejos de Sayula, el rostro
público de Jalisco trata de la época de mayor gloria del oficio, cuando las
piezas producidas en Sayula comenzaron a aparecer en sitios patrimoniales de
Jalisco (probablemente fue cuando llegaron las piezas del Viacrucis al templo
de Las Montañas); Retrato de lo íntimo: mesa, mujer y mayólica decimonónica
nos habla de las piezas dedicadas a personas identificables y del papel de las
mujeres en la transmisión de la cultura; Las exposiciones de fin de siglo,
el reconocimiento público de Epigmenio nos habla de los breves años en que
la obra de Vargas comienza a tener un reconocimiento en espacios públicos; Las
modas cambian, el declive de la Loza de Sayula explica las causas de la
decadencia del oficio; En fosa común por insolvencia, el fin de una era,
nos habla el triste final de Epigmenio, olvidado y en la pobreza; Carlos de
la Cruz, el último de los loceros sayulenses es sobre los últimos años de
este oficio en Sayula, ya en el siglo XX, y El legado de Epigmenio Vargas
es una disertación sobre el valor de su obra en la actualidad.
A modo de transición entre cada
capítulo, el autor nos ofrece una serie de fotografías de todo tipo de piezas
de loza de Sayula que se conservan en distintos repositorios, desde museos
hasta colecciones particulares. Este elemento contribuye a lograr un producto
no solo valioso en cuanto a la información que ofrece sino también como
catálogo, con una muy alta calidad visual.
En la historia de Sayula y de
Autlán hay muchos elementos que vinculan a estas ciudades. En Sayula, Vargas
encontramos algunos de estos elementos, acaso insospechados hasta antes de la
investigación de Ricardo. Por ejemplo, el presidente municipal de Sayula,
encargado del Registro Civil el 5 de octubre de 1957 era Miguel Michel
Victoria, hermano de Severiano, quien donaría pocos años después el terreno
para la construcción del Seminario Diocesano de Autlán, y de Luis, presidente y
promotor del desarrollo de la delegación Autlán de la Cruz Roja. Ambos,
reconocidos benefactores de Autlán. En una de las páginas del libro aparece,
además, una foto del mosaico de la primera estación de un Viacrucis, que
pudiera ser el que estuvo en el templo de Las Montañas.
Epigmenio Vargas, por cierto, fue
bautizado nada menos que por Salvador Apodaca y Loreto, cura párroco de Sayula,
quien años después fue obispo de Linares, Nuevo León, cuyo apellido le fue
impuesto a la antigua hacienda de San Francisco, en aquella entidad, naciendo
la importante ciudad de Apodaca, Nuevo León.
Quiero concluir con una cita de
Luis Sandoval Godoy, del texto sobre la loza de Vargas que mencioné al
principio, que creo que prefigura el trabajo que realiza Ricardo Cortez:
“Tendrá que despertarse en el
ánimo de esos jóvenes el ensueño y la pasión artística, tendrá que alumbrarse
su espíritu con las creaciones de los grandes genios, no importa que sean
nombres desconocidos, como los de aquellos lejanos artistas orientales que
fabricaban porcelanas y sedas, tallas y figuras que luego venían a emocionar
tan profundamente a los habitantes de estas tierras, cuando la Nao de China
llegaba a vaciar a nuestras playas los primores que habían traído desde allá.
Un ensueño, y una ilusión, un emocionado
deliquio espiritual, y volveremos a tener artesanos y alfareros que, como
Epigmenio Vargas, sepan hacer de un puñado de barro una pieza para estremecer
de gozo estético a otras almas, un puñado de barro más duradero que el bronce,
un puñado de barro que hienda, tras-hienda el tiempo”.