miércoles, 1 de junio de 2016

Comida

Primera sede de la EPRA.



Por Enrique Herrera González


Si pudiese volver a la juventud, cometería todos aquellos errores de nuevo, solo que más temprano. Tallulah Benkhead

Convocados por mi gran amigo de la infancia y juventud, quien hoy se encuentra dejándose crecer las uñas, o sea jubilado, el militar Enrique Ayala, acudimos a una reunión en mi querido Autlán el pasado 7 de noviembre de 2014, a donde asistieron el también militar retirado Sebastián García Guerrero, Javier Regla Vázquez con Meche su esposa, Manuel Mardueño, así como otras personas que no conocía y el cuñado de Enrique, Guillermo Villaseñor, amén desde luego de Lulú, la esposa de Enrique. Fue una tarde de reencuentro con recuerdos, muchos de ellos perdidos en mi memoria (teníamos 50 años sin vernos) en una casona que cuenta con corredor al entrar, luego corral, más, tras corral, y, precisamente en ese trascorral estuvimos, lo que constituyó para mí el escenario perfecto para situarme en la época de cuando viví en Autlán, pues ese espacio es exactamente igual al trascorral de mi casa paterna donde, debajo de un gran tamarindo (que también había en mi casa) se colocaron sillas y mesas, para de ahí apreciar otros árboles frutales, gallinas, conejos, patos, perros y un gran tejabán de triques igualito al que mi papá cuidaba con tanto celo, pues ahí tenía guardadas cosas para utilizarlas “algún día”, que nunca llegó.
Fue una comida sencilla compuesta por panela que llevó Javier, de botana, cerveza, tequila y vino tinto que yo llevé. Tacos dorados de con “La Pelona” (toda una tradición en Autlán), amén de carnitas doradas y crujientes, propias de la región. La tarde intensa de anécdotas donde resaltó una etapa que, creía yo, había sido solo para mí importante, pero ahí descubrí que fue igual para todos, principalmente la estancia en la Escuela Preparatoria Regional de Autlán (EPRA).
Y es que resulta que en 1961-62 tuvimos un ciclo escolar atípico, pues recientemente el entonces director de la EPRA, el dr. Daniel Ruiz Villalobos, había obtenido en la embajada de la entonces URSS dos becas para estudiantes egresados de nuestra escuela para estudiar una carrera profesional en Moscú, en la universidad Patricio Lumumba, para dos compañeros nuestros: José Luis Guerrero Moreno y Macario Martínez. Con la partida de esos jóvenes a Rusia las “fuerzas vivas" azuzadas por el entonces primer obispo de Autlán, Miguel González Ibarra, en una gran manifestación callejera expulsaron al dr. Villalobos de la dirección de la escuela provocando con ello la rabia del entonces rector de la Universidad de Guadalajara, Guillermo Mendiola, un sujeto de bajo perfil humano, de filiación comunista, quien se negó a partir de entonces a aceptar a ningún egresado de la EPRA en la Universidad, dejándonos agarrados de la brocha a los que entonces cursábamos el ciclo escolar y pretendíamos estudiar en la U. de G.
Sin embargo se reestructuró el patronato y se armó un nuevo cuerpo académico de súper lujo, con maestros enormes como el ing. Javier Fierros Cisneros, director de la Escuela y maestro de matemáticas, el dr. Juan Winter de Historia, dr. Carlos Lago de psicología, dr. Jorge Carrillo de biología, un sacerdote en etimologías y latín, sociología y filosofía dos maestros humildes pero de grandes conocimientos y un desfasado ing. José Luis Torres en física. Precisamente este último comenzó por exigirnos que su curso fuera en inglés, con un libro de texto editado en la Universidad de Texas, muy difícil de conseguir, y su materia la impartía a las 6 am, ya que de esa manera sentía que estaba salvando a la patria pues a diario nos recibía con: “bueno yo no cobro y vengo desde la colonia de la compañía minera Autlán, lo menos que espero de ustedes es que estén a mi altura”, aunque para mí que su cátedra era para él una catarsis por los problemas que tenía a diario con su esposa.
En una ocasión estaba explicándonos acerca de la capilaridad de la tensión superficial de los líquidos y a manera de ejemplo puso un medio vaso de agua a la altura de sus ojos para que viéramos el contorno y entendiéramos el fenómeno. Sin embargo Enrique Ayala gritó: "¡salud!" y toda una furia volteó y al primero que vio fue a su servilleta, por lo que sin más preámbulo "vas pa´ fuera Enriquito" y la bola de cabrones muertos de risa. En otra ocasión Javier Regla había comido 3 kilogramos de chicharrones, con frijoles cocidos con cebolla y en clases la distensión intestinal era tal que tenía la cara morada por lo que no pudo contener un flato con sonido a mofle de camión frenando con el motor en una bajada con pendiente de 45°, y entonces el mismo Javier se levantó rápidamente pues estaba sentado a mi lado para batirse en retirada, y ante las carcajadas de los compañeros y la cara roja de coraje de nuestro ilustre físico, fijó éste sus ojos de nuevo en mí y ahí te voy de nuevo para afuera. Aunque en ese momento fui yo quien tomó la delantera, levantándome rápidamente, conteniendo la respiración para salir a recibir el primer aliento de aire limpio y cerrar la puerta del aula asegurándola con una cinta de mi zapato a fin de que nadie escapara y todos disfrutaran las delicias del fermento intestinal de mi amigo Javier.
Fue sin embargo ese año intenso y rico en conocimientos, por ende sabiduría, pues la incertidumbre de nuestro destino escolar nos unió y los estudios se hicieron con mucha entrega y responsabilidad, y, casi puedo asegurar que fue el ciclo escolar en que más aprendí en toda mi historia académica. Así continuó la tarde, recordando anécdotas, y vivencias idas, que regresaban a tiempo para el encuentro de todos nosotros. De pronto nos sorprendió una llovizna que luego se hizo tormenta por lo que tuvimos que protegernos en el tejabán, dándole al anochecer cierto encanto a nostalgia. Nos acordamos de un amigo muy brillante compañero de esa etapa en la EPRA, del cual todos le perdimos la huella, llamado Antonio Villaseñor, ya que lo único que sabíamos de él es que había hecho su carrera de matemático en el Tecnológico de Monterrey y luego una maestría en la Universidad de Massachusetts, y que según entendían todos, trabajaba para la NASA en Estados Unidos.
Por la noche nos despedimos muy rejuvenecidos por nuestro encuentro, para que enseguida Javier, Meche, Mary mi esposa y yo, pasáramos por mi hermana y cuñado a su casa para que nos acompañaran y no previeran de un buen tequila y un tinto merlot, e ir a cenar unos tacos de cabeza de medio metro de diámetro cada tortilla, recién salida del comal, y otros tantos de lengua con salsas saca lágrimas de poca madre.
Al día siguiente todos regresaron a sus lugares de origen y nosotros fuimos al mercado para abastecernos de esas panelas huérfanas traídas de la ranchería de Cacoma, exquisitas, y (oh, destino) andando en ello voy viendo a nuestro amigo mencionado ayer, Antonio Villaseñor, que con un gusto enorme nos abrazamos, comentándole yo, de la reunión del día anterior a la que me dijo le hubiera encantado estar ahí. Me informó que al igual que el resto de talegones (no, en serio, no es envidia) se había jubilado él también y había decidido irse a vivir a Autlán. Platicamos de esa etapa maravillosa del año de incertidumbre y para mi sorpresa comentó: “fue el año escolar más rico de toda mi historia académica, en esa época aprendí, dijo él, todas las bases sólidamente de lo que posteriormente estudie”.
Quedamos de comunicarnos y le di mis teléfonos, correo electrónico y clave de Twitter, pero como no traía en que apuntar me aseguró que no se le olvidaba. Comimos invitados por mi querida prima Evelia la “PI” en un restaurant que cocina lo típico de Autlán en compañía de mi hermana y cuñado para luego regresarnos a nuestro querido Colima vía la sierra de las faldas del Nevado. Por la tarde abrí mis cuentas de Internet y ahí estaban los mensajes de mi amigo Antonio. Sigue siendo un genio y me congratulo de ser su amigo.
Gracias tocayazo Enrique Ayala (por cierto compañero de generación del gral. Salvador Cienfuegos, actual Secretario de la Defensa) por habernos dado la oportunidad de sacar del baúl de los recuerdos tantas cosas idas que siguen presentes a la luz de la convocatoria fina y amena como la que tú hiciste. Y seguiremos acumulando nuevas vivencias que serán nuestro capital humano para nuevos encuentros en el tiempo.
Ahora, después de esta breve y rica experiencia confirmo la idea de San Agustín, quien asegura que la vida se compone de instantes de realidad y estos hacen los momentos que se quedan en el alma para siempre, pues nunca se van, solo se esconden por un tiempo para que podamos vivir el presente pero, la grandeza de lo vivido puede surgir en cualquier instante con solo encender la llama del recuerdo.
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