sábado, 10 de mayo de 2008

Infiel en carne y hueso

-Qué flaca y desmejorada estás, Rosario, y pensar que en un tiempo abandoné a mi familia por tí, aunque a decir verdad eras de carnitas rellenas, firmes, buenas; no como Sara mi vieja que era gorda, prieta, de lo más fea, con su voz de guacamaya que a cada rato me decía:
-¿Qué tiene la loca de Chayo que no tenga yo?
-¡Huy, si vieras -le contestaba- si hasta parecen de especies diferentes!
Pero mi vieja tenía razón, y ya viéndote hueso a hueso deveras que tienen lo mismo, si acaso las distingo será por los dientes podridos de ella.
Pero de todos modos me acuerdo de lo mucho que nos alborotábamos en el cine y de lo bonito que se sentía tu cuerpo acomodadito con el mío en la cama del hotel; y a pesar de todo esto vengo a reclamarte que por tu culpa me mandaron al demonio, porque aquel veinte de noviembre habíamos dicho que sería la última de nuestras citas y que íbamos a acabarnos la pasión de un trago para no enfadar más a mi vieja que no te podía ver ni en pintura; no era porque me estuviera volviendo fiel, sino porque ya tenía otra que sin agraviar a la presente era como cambiar de bicicleta a carro y es lo que me duele, que me quedé con las ganas; pero ahí vas tú hasta mi casa y te me pepenas delante de Sara sin importarte la pistola que ella traía en la mano y luego qué romántica me saliste:
-¡Si hemos de morir, que sea juntos!
¡Maldita ocurrencia! Y mi vieja que lo toma muy en serio y de un cabronazo nos mata a los dos y luego para acabar su gracia se pega un tiro también, que para que me enterraran con ella y no contigo y ahí me tienes aguantando su pestilencia hasta que quedó el puro hueso. De no ser por las arrieras que hicieron este caminito no estaría aquí, viendo tu esqueleto por este agujerito.
Autor: Arnulfo Álvarez García
Publicado en "Los de Autlán", del Grupo Cultural Litterae en marzo de 1999.
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