domingo, 15 de mayo de 2016

Una visita a los lugares rulfianos

Mural conmemorativo del 50 aniversario de Pedro Páramo, pintado por Vicente Rocha.
Este sábado 14 de mayo, dentro del marco del taller de lectura de Pedro Páramo que se desarrolla en el Museo Regional, un grupo de 25 personas del municipio de Autlán realizamos un viaje a San Gabriel y Apulco, Jalisco, para hacer el Recorrido de los Murmullos. Partimos del jardín Hidalgo, frente a la Presidencia Municipal de Autlán, pocos minutos después de las 7:00 hrs.
La expectativa sobre este recorrido era muy alta entre los participantes porque en él conoceríamos algunos de los sitios más significativos para la vida de Juan Rulfo y algunos que aparecen descritos en su novela. No seríamos defraudados.
Personal del Ayuntamiento de San Gabriel, encabezados por la licenciada Ana Yoen Benavides Murguía, directora de Turismo, y el profesor José de Jesús Guzmán Mora, cronista municipal, nos recibió en el restaurante del Hotel del Centro, en uno de los bien conservados edificios antiguos con que cuenta este pueblo. Ahí comenzaríamos un periplo de casi ocho horas por los lugares donde se formó la personalidad de uno de los autores más importantes de la literatura en castellano.
Bajo la guía del profesor Guzmán, un cronista como los debería tener cada municipio de Jalisco, con un conocimiento amplio y minucioso de su cultura y un amor indiscutible por su pueblo, visitamos primero una exposición de fotografías de la familia de Juan Rulfo en la Casa de la Cultura, donde pudimos conocer imágenes de la infancia del escritor y retratos de sus ancestros.

En  la Casa de la Cultura.

Detalle del ingreso a la Casa de la Cultura.
Enseguida fuimos a la Presidencia Municipal, donde vimos el mural conmemorativo que aparece en el inicio de esta entrada. Se trata de una pintura en la que, además de cinco retratos de Juan Rulfo en otras tantas etapas de su vida, se hace una especie de resumen de la novela Pedro Páramo.
Desde ahí caminamos un par de cuadras hacia la calle de Hidalgo, cruzando el jardín principal bajo una fresca mañana, producto de la lluvia que cayó en la madrugada. Nos detuvimos en el número 8 de esta calle, para que el cronista de San Gabriel nos explicara cómo Juan Rulfo habitó esa casa en sus primeros años de vida, donde sufrió los terribles momentos de la muerte de sus padres y donde conoció la literatura en la biblioteca del sacerdote Irineo Monroy, quien la depositó en esa casa al dejar el pueblo durante la guerra cristera. Ahí, Rulfo escuchó cotidianamente el sonido de las campanas de la parroquia, ubicada frente a la casa, vio el vuelo de las golondrinas y conoció a vecinos de esa calle, elementos que describe en diferentes momentos de su obra. La casa se encuentra en buenas condiciones, aunque deshabitada, y muestra una placa conmemorativa en su fachada.

Placa en la casa de Rulfo.

Vista de la parroquia.

Entrada del curato de la parroquia, frente a la casa de Rulfo.

De ahí pasamos, una cuadra más adelante, a Casa de las Artesanías, un negocio de venta de artesanías instalado en una casona antigua y cuyas características remiten a las de la casa de Eduviges Dyada: la sucesión de cuartos por los pasillos y el estar "entilichada" (aunque ahora con mercancías) son la justificación para comparar ambas casas.

Fachada de la casa de Eduviges Dyada.

Pocos metros más adelante, nos detuvimos en el Puente Montenegro, una soberbia construcción del siglo XIX, en perfecto estado, que permite cruzar el arroyo Salsipuedes. Este sería el río donde el padre Rentería se escondió tras el gálapago (así llamaban a un muro de ladrillo que servía para contener la creciente) para que no lo vieran los viandantes cuando caminaba hacia Contla.

Puente Montenegro.
Enseguida pasamos a la capilla de la Sangre de Cristo, mencionada literalmente en Pedro Páramo y de donde parten las peregrinaciones durante las fiestas patronales del pueblo, descritas también en la novela durante el pasaje de la muerte de Susana San Juan.

La Sangre de Cristo.

Ya un poco más retirado, visitamos el Puente Nuevo, sobre la calle de Bucareli y que sirve para cruzar el mismo arroyo Salsipuedes, pero en las orillas del pueblo. Este podría ser, según el profesor Guzmán, el río cuya creciente se lleva a la vaca La Serpentina, en el cuento Es que somos muy pobres.

Puente Nuevo.
El último punto que visitamos dentro del pueblo de San Gabriel fue el antiguo Colegio Josesfino y el templo del Santuario. Este colegio, ahora convertido en preseminario, es donde Juan Rulfo estudió sus primeras letras, bajo la dirección de Irineo Monroy.



El Colegio Josefino.

El Santuario.
Ya fuera de San Gabriel, visitamos las ruinas de la hacienda de Telcampana, lugar donde la familia de Rulfo recibió el cadáver de su padre después de su asesinato. La descripción que le hicieron a Juan, en el sentido de que las antorchas con que se iluminaba la procesión que llevaba el cadáver hacían parecer que el llano estaba en llamas, habrían inspirado el título del famoso cuento rulfiano.

Ruinas de Telcampana.
Después de una buena comida en el punto conocido como Cuatro Caminos y bajo la amenaza de una tormenta, nos dirigimos a la última etapa del recorrido: el pueblo de Apulco, en el municipio de Tuxcacuesco. Ahí visitamos la basílica de Nuestra Señora del Refugio, construida a principios del siglo XX por el hacendado Carlos Vizcaíno, abuelo de Juan Rulfo, inspirado en el templo de San Juan de Letrán, en Roma. A pesar de los daños, ya corregidos, que ha sufrido con los terremotos del último siglo, la basílica todavía muestra elementos originales, como su piso de madera, sus terminados en mármol y su cancel de herrería. Una verdadera joya arquitectónica.
Por último visitamos el monasterio de los monjes adoradores perpetuos del Santísimo Sacramento, ubicado frente a la basílica y en lo que fuera la casa grande de la hacienda de Apulco. En uno de sus cuartos, según una versión, habría nacido Juan Rulfo el 16 de mayo de 1917. Guiados por uno de los monjes, hicimos un recorrido por la parte antigua del monasterio, que conserva elementos originales de la hacienda en el techo y la construcción general, los mismos que habría conocido Rulfo en su primera infancia. Desafortunadamente, no se nos permitió tomar fotos del interior del monasterio.

Detalle de la torre de la basílica de Apulco.

Un viaje esclarecedor y emotivo por los lugares donde se inspiró una de las obras maestras del ingenio humano.
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