lunes, 11 de agosto de 2014

Refranero 1: Préstamos de Rojas


Hace siglo y medio, durante la Intervención Francesa, Autlán y la región fueron el teatro de operaciones de grupos guerrilleros que combatían a los invasores, de los que el más importante fue el de Antonio Rojas. Originario de la hacienda de El Buey, en el municipio de Tepatitlán, este hombre ya era un bandolero y guerrillero experimentado cuando inició la invasión; de hecho, formó la Brigada Rojas en 1858, en apoyo al partido liberal y combatió a los franceses mediante tácticas guerrilleras en el sur de Jalisco y Colima.
Sin embargo, sus procedimientos crueles y sanguinarios, herencia de su época de bandido, propiciaron que no fuera bien visto por sus compañeros liberales. Santos Degollado, jefe del ejército republicano, lo declaró fuera de la ley en 1858, después de haber asesinado al conservador José María Blancarte, violando una amnistía. Poco después, sin embargo, tuvo que levantar este decreto ante la escasez de personal que aquejaba a los liberales.
Esta forma de proceder de Rojas se manifestaba también con el pueblo llano, que tuvo que sufrir todo tipo de vejaciones, asesinatos, robos y otros crímenes, "por el puro gusto de aprovechar aquellos momentos en que se podían cometer los mayores crímenes con la más segura impunidad", según escribió el periodista Ireneo Paz, quien lo conoció de cerca. Fue precursor de Pedro Zamora en la práctica del bandolerismo enmascarado con bandera política.
Uno de sus trabajos favoritos era la imposición de "préstamos" forzosos a los ricos de los pueblos importantes que quedaban bajo su poder. Estos préstamos no eran más que extorsiones, como las que cometió Zamora medio siglo después.
Esta actividad quedó grabada en la cultura popular de la región mediante la expresión "préstamos de Rojas", que se aplicaba a todo aquel préstamo de dinero del que se tenían serias dudas de su recuperación. Todavía los autlenses de hace un par de generaciones exclamaban "¡préstamos de Rojas!" cuando algún amigo o familiar le requería alguna cantidad de dinero, aunque fuera mínima, para dar a entender que ese dinero no regresaría, dada la fama de mala paga que se le adjudicaba el pediche.
Actualmente la expresión ya no se usa, al menos entre las generaciones más recientes, y queda solamente como un recuerdo de los dichos y las palabras que usaban los abuelos.
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