miércoles, 17 de abril de 2013

La leyenda de El Coajinque

El Coajinque hacia el poniente.


Don Fidel ya se había acostumbrado a recorrer de noche el camino entre Autlán y la hacienda de Ahuacapán, a donde se iba en la mañana a trabajar. Eran los primeros años 1920, ya con Pedro Zamora fuera de combate pero con Autlán y la región todavía sumidos en un clima de desconfianza y calma tensa.
Esa noche, despejada pero sin luna, a don Fidel se le había hecho más tarde que de costumbre. Ya eran como las 10 cuando pasó junto a las ruinas de la hacienda de El Terronal, donde actualmente están las ladrilleras, para llegar un cuarto de hora después a la orilla del arroyo de El Coajinque, sin más novedad que unas intensas ganas de mear, que no tanteó aguantar hasta que llegara a su casa. Por eso, mejor se apeó del caballo al llegar a la mitad del lecho del arroyo, más o menos a la altura de donde ahora está el puente de la colonia Ejidal. El delicado placer de desahogar sus entrañas fue interrumpido por una terrible visión: a unos metros de él estaba el cadáver de una mujer desnuda, empalado en el suelo con una estaca de mezquite.
Lo peor es que lo que le tocó ver a don Fidel no era nada nuevo. Desde hacía algunos años en Autlán se habían dado ya varios casos de mujeres asesinadas mediante empalamiento en diferentes puntos del arroyo, teniendo en común (además de la forma de morir) el ejercer el oficio de la prostitución. Estos empalamientos eran solamente la continuación de una serie de asesinatos, violaciones y demás crímenes que se cometían desde poco después de la Conquista en El Coajinque.
Para terminar con esta situación, los autlenses de la época colonial habían decidido recurrir a la justicia divina. En una fecha desconocida, pero anterior a la Independencia, los frailes franciscanos del lugar, con la intención de evitar que el Coajinque siguiera sirviendo como refugio para delincuentes, enterraron en tres puntos secretos de su cauce un igual número de cruces de metal, con la maldición de que, mientras no fueran desenterraran todas, el Coajinque no podría tener un caudal de agua constante.
Es por eso que ahora rara vez podemos ver al emblemático arroyo con agua y, cuando sucede, es nada más por unos pocos días después de una lluvia abundante. Sin embargo, es posible que falte poco para que esta maldición quede sin efecto porque, según la leyenda, ya se han descubierto dos de las cruces y solamente faltaría desenterrar la tercera para que Autlán sea cruzado por un arroyo de cauce permanente.

El Coajinque hacia el oriente.



Para escribir esta leyenda usé los relatos que me fueron contados por las señoras Graciela Michel y Teresa Vázquez. Es muy posible que no coincida exactamente con la versión que el lector conozca, pero la variedad de versiones es una de las principales características de las historias que se transmiten de forma oral.
Las dos fotos que ilustran esta entrada fueron tomadas desde el ahora demolido puentecito de la calle González Bocanegra el mismo día y a la misma hora.
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