lunes, 7 de julio de 2008

Un viejo sin crédito

Entró a la tienda vacía de clientela; con su cara arrugada, grasienta y un olor a sudor añejado que provocaba repugnancia.
Como cualquier hijo de tendero, traté con desconfianza al anciano que trataba de sacar mercancía a crédito.
-¡Es que no fiamos, el negocio anda mal!
Como una llamarada se encendió el orgullo del anciano al escuchar mi justificación.
-¡Un viejo también es hombre, y yo no vengo a pedir limosna!
Su indignación fue mucha, pero más grande era el hambre que escarbaba visceralmente su existencia, por lo que se abrió crédito a la fuerza, y cargó con una coca y dos picones ante mi desazón.
Lo vi alejarse, con su cuerpo encorvado vestido de harapos, sostenido por un par de piernas temblorosas y un bastón improvisado. Ese día comprendí que yo no tenía madera de comerciante.
La mañana siguiente transcurrió monótona; cerca del mediodía se presentó el viejo y sin decir palabra, remendó su orgullo arrojando cinco pesos sobre el mostrador; luego, tomó las provisiones del día y se marchó contándole sus penas a la banqueta.
Durante un mes, el viejo repitió la escena y el último día que fue pagó cada centavo que debía, sin hablar jamás, sin perdonar mi ofensa.
Un domingo por la tarde que me dirigía a un campo deportivo, al pasar por el frente de una casa elegante, vi al viejo sentado sobre el pasto del jardín y a una señora que le exigía salir de su propiedad, porque según sus palabras el pasto no ocupaba más cuidados; yo me alejé con prisa para no sentir lástima por el anciano que se empeñaba en desarrollar su trabajo.
Dos años después, cuando me guarecía de la lluvia en los portales en una tarde de verano, allí me encontré al viejo; pedía limosna, con su mano derecha ahuecada, mientras con la otra se cubría la vergüenza de un rostro ajeno a esa condición de vida.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo al verme descubierto por la mirada de sus ojos severos; por un momento pensé en fugarme o en ignorarlo; pero finalmente opté por acercarme para decirle:
- No lo tome a mal, por favor acepte estos diez pesos.
El escuálido anciano apretó con fuerza el billete con su mano temblorosa, como si amenazara con arrojarlo a mis pies; luego aflojó su actitud, para dar paso a una lágrima que bajaba por los surcos de su mejilla. Mi desconcierto fue tanto que solo pude pronunciar:
- ¡No es menos hombre el que llora!
Luego, me alejé, y escondí mi culpa entre la gente, pero sus ojos se grabaron en mi mente y me siguen, me siguen.
Autor: Arnulfo Álvarez García. Publicado originalmente en "Los de Autlán" en marzo de 1999
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