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martes, 8 de septiembre de 2015

Carta a un hombre fantasma de gran volumen

Ilustración de Santiago Betancourt

Por Miguel Ángel Spitaletta

Buenos días, buenas noches, un cordial saludo señor Hitchcock.
Después de ver las escenas que construyó para sus películas voy a trazarle una carta. Quisiera –respetuosamente- compartirle mis comentarios e impresiones de lo que fue usted para el cine (o es) y lo que, yo desde acá, sentado junto a mi madre, pienso que es el cine de ahora. Ese que llaman cine industrializado.
Creo que usted no es como los políticos o algunos periodistas de mi país (Colombia) que desgarran el talento y lo convierten en morbo o incluso se dejan manipular por los poderosos. Al contrario, pienso que es magnífico y no tiene nada de enlodado, ese pensamiento, esa técnica, ese estilo que usted dejó estampado para niños, jóvenes y viejos. Quisiera entonces, empezar a desgranar todas estas generalidades de las que le hablo. 
Me parece extraordinario que en medio de una guerra mundial no haya cambiado sus ideas, usted tenía claro y pareciese que se hubiera adelantado mucho más que nosotros, a que las películas no necesitaban de exageraciones violentas para ser cine, para ser una obra con bagaje artístico, cultural y sobre todo, cotidiano. Yo acabo de terminar varias de sus cintas y decidí hacer comparaciones con el cine que me acoge. Y a manera de Voyeur indiscreto, voy a expresarle mis disgustos.
Toda la vida colombiana, incluyendo el cine y mucha de su nueva literatura, Sir Hitchcock, es una especie de novelón policiaco mal diseñado y alargado al infinito; creo que usted me entenderá perfectamente. Mi país es todo un montaje, una especie de pueblo que quiere libertad, pero que se condena a no ser libre. Tiene paisajes y formas simbólicas alineadas para el desangre, la violencia y el saqueo particulares en cada región; yo siempre he dicho que es muy fácil volverlo película y ver este escándalo con arte, si tuviéramos personas que como usted que fue amante de ir a los tribunales y a los archivos de Scotland Yard para enterarse de la mentalidad criminal que tanto le atraía, como la que aquí tenemos, y guionistas como los que usted se topaba, y escritores que seguramente le nutrieron su inventiva criminal y policiaca como Dostoivsky, Poe, Kafka y Thomas de Quincey. 
Si usted hubiera conocido a Colombia, le hubiera encantado seguramente, la cantidad de pájaros y tipos de aves que planean sobre la región andina, las aguas que abundan a lo ancho del país, las selvas que se desvanecen en un claroscuro todos los días, entre otras cosas, que podrían ser muy llamativas para usted, así como lo son para mí. 
Creo que acá sería sencillo crear elementos sorpresa, jugar con la gente, darle mucha información para que no sepa qué hacer con ella, analizar las personas y sus comportamientos, poner una cámara que entre por las ventanas para averiguar chismes, y claro, acomodar señuelos que articulen los misterios que tiene este país, porque ¡Ah! Si tiene. Si no, pregúntele a los políticos. Volviendo al tema que nos convoca, creo que fue usted un hombre justo y disciplinado (como buen jesuita) en el montaje y la formas narrativas del cine, muy ligadas a unos guiones firmes, y poco flexibles. Todo medido. Sencillo y sin necesidad de disfraces. No en vano casi todos los personajes que sus amigos escritores y usted escogieron para las películas , reflejan la inteligencia y poca ignorancia que tienen. Para mí no hay ninguno sin talento. Acá los villanos inteligentes son pocos y también muy peligrosos. 
No soy un crítico de cine, soy un joven estudiante que quiere mostrar y hasta crear realidades. Así como alguna vez usted fue un niño tímido, y luego, un gran director, una figura universal. Hay quienes dicen que a través de su lente podríamos explicar la mayoría de las técnicas y conceptos del cine. En mi país, los primeros planos son para los que tienen el poder, o para aquellos que los poderosos proponen para engordar más su poder. Nunca hay un primer plano para ver el sufrimiento, la emoción o la dicha de las gentes del común. Es como si se promoviera la homogenización social y cultural por parte de ellos, muchas veces con el auspicio de escritores, periodistas y por supuesto, guionistas y cineastas, que más que mostrar la belleza y la alegría, muestran el escarnio y la patológica violencia. 
Hay una cosa que me gusta mucho de usted, Sir Alfred, y es, que no es un amargado. Se le nota el gusto por su trabajo y no esconde su sibaritismo. Tampoco parece ser un amarrado. Acá en Colombia hay mentalidades ambiciosas, atadas y ligadas a lo material, gente arribista y rigurosa, que cree tener mucho en sus cosas materiales y poco en las sustanciales. Tiene usted el talento de los gordos, el placer en el buen gusto y los buenos gustos, las buenas maneras y las buenas conversaciones hasta para las mujeres, pero sobre todo, la capacidad de reconocer que la vida no solo es de buenas acciones, sino de buenas pasiones y más allá de esto, de buenos humores. 
Hay una común identidad entre nosotros dos, pero que la admiro en usted, y es su buen oído musical como director, sabe usted seleccionar sonidos para cada tipo de atmósfera, muestra usted en sus películas las dinámicas adecuadas para acelerar el ritmo en las escenas, y crear las condiciones para que el espectador se suspenda y levite y caiga. Además, tiene el refinamiento para escoger a excelentes asesores musicales como Bernand Herrmann para sus bandas sonoras, igual que lo hizo Orson Welles en su Ciudadano. Especialmente me apasiona esa sobredosis de bajos que dialogan con agudos y que se van acelerando muy en crescendo para darle mayor categoría y rigor a la imagen. 
Por último, apreciado Hitchcock, me gusta su capacidad para camuflarse y como los pájaros, ser un ser de paso en las películas. Es usted un hombre fantasma de gran volumen y sabe en qué momento aparecer. Lo que llama la atención en sus filmes, creo yo, es la exploración y la explotación de los seres humanos. Por eso usted está diciéndonos que esos fantasmas ya los tiene dominados, se ríe de ellos, y los mira de frente a la cámara. Mientras tanto nosotros seguimos aquí en Colombia evadiendo los problemas, y huyéndole, sin poder darles la cara y sin entender, que hay que hacerle frente a nuestros fantasmas, para después reírse de ellos.

martes, 23 de junio de 2015

Un tinterillo en La Alpujarra

Edilson Zuleta, tinterillo de oficio.

Por Andrea Guadalupe Murillo Gutiérrez.

Edilson Zuleta hacía mandados para los señores de Gobernación y Alcaldía en La Alpujarra; el Centro Administrativo de Medellín. Un día atisbó los tecladazos que tal señor, ya grande, le propinaba a una máquina de escribir. Tenía al lado a una señora, también mayor, dictándole, mientras él escribía. Al final, la señora le propinó un buen billete y ambos quedaron contentos. Esta escena encantó a Edilson, y de inmediato se acercó con el señor. Vio que además de él había otros señores a lo largo de la calle transcribiendo lo que otros les dictaban. Y se repetía la escena, con billetes más, o menos fuertes del que la señora había sacado de su bolso minutos antes.
Días posteriores, Edilson observó cómo los señores acomodaban perfectamente la hoja y la enrollaban en el rodillo. Éste, lo llevaban de un lado a otro al tocar con los dedos las teclas; hacían que los renglones se fueran rectos y tenían la habilidad de no ver el teclado mientras escribían sobre el papel. Después de esto, tomó un curso de mecanografía y fue como se plantó en la calle, al costado de La Alpujarra, con una mesita de madera y una Remington 80 a esperar junto con sus colegas ‘tinterillos’ los afanes de las personas por redactar oficios declaratorios para las oficinas de a Alcaldía y Gobernación de Medellín.
Durante 32 años, Edilson ha aprendido a hacer declaraciones tributarias, de impuestos, de renta y de propiedad; derechos de petición, documentos de compraventa, de todo tipo. Se nombra a sí mismo como un asesor de contaduría con título de ‘tinterillo’. Cuando tiene una duda sobre qué cifras no cuadran con tal documento acude con su amigo, contador de profesión. Gracias a él ha aprendido que las casas, en Colombia, tienen un certificado de libertad, con el cual se declaran los linderos y medidas de la casa, así como, si es hipotecada y cuál es el último propietario. Edilson se dice ser un asesor, pues indica a las personas cuántas copias deben llevar para no regresar, en dónde las sacan más baratas, si necesitan presentar algún otro documento además de la cédula; cómo llegar a tal edificio de Gobernación y hasta dónde se puede parquear la moto.
Ha estudiado el teclado, no mueve las manos sino los dedos. Es ágil con él, lo sabe llevar con tranquilidad y con correspondencia. Desconoce las pulsaciones y palabras que redacta por documento. Cambia la tinta de su máquina dependiendo de la temporada, si son los meses de diciembre y enero: cada mes, si son julio y agosto: cada semana y media. Tinterillo es por afinidad y amor al oficio. La mecanografía para Edilson prefigura como el traslado de la palabra a través de las teclas.
La usanza de Edilson comienza a las cinco de la mañana. Toma una ducha y se pega un ‘tintico’. De su casa a La Alpujarra le toma una hora en bus. Llega a las 7:30 al parqueadero de motos donde guarda su mesa; coloca la sombrilla, pone la máquina, saca las carpetas amarillas, ya rotas por el uso, las coloca a un costado de la máquina y se pone a leer ‘Nueva Colección de Leyes y Decretos, edición 2013’. Le gusta saber sobre lo que redacta y cuál es el asunto de cada oficio que le encomiendan.
“Las cartas de amor con llanto”, como Edilson nombra a las más largas y engorrosas de todas. “Querida hija cuándo vienes… No, espere, mejor póngale: cuándo llegas para tenerte lista la comida que a ti más te gusta, es que ya te extraño. Mira que, doña Manuela ya tuvo otro nieto. Perdón, es nieta, me equivoqué, corríjale, por favor”. Edilson prefiere redactar oficios, no le gustan las cartas de amor: “es puro chisme eso. Aunque hay que hacer lo que el cliente pida y darle un buen servicio”.
¡Buena la mandarina!, pregonan. ¡Lleve la mandarina, a sólo mil pesitos!, sugieren.  ¡Es mandarina de la dulce!, confirman. Las pisadas de dama son las más fuertes y sonajeras. Van y vienen: todos. Muchos suben al puente peatonal para no esperar la gana de los carros. Un bus que se dirige a Bello lleva la leyenda “yo no nací para sufrir sino para que sufran por mí”. ‘A la orden’, dice Edilson interceptando al peatón. Al frente está El Macetico y Sabor esquisito D’ Chócolo, sólo unos cuantos clientes hay allí dentro. A los costados están los compañeros, uno vestido de camisa amarilla con tres lapiceros en el bolsillo izquierdo redactando en una máquina eléctrica. Al lado derecho está el compañero de camisa gris y sombrero inclinado sobre su Remington. Edilson vuelve a decir: ‘A la orden’ y llega un señor con una empanada de pollo en la mano pidiéndole un oficio dirigido a la Secretaría de Hacienda.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Héctor Aristizabal Giraldo, el aguacatero con un son


Por Andrea Guadalupe Murillo Gutiérrez.
24 de marzo de 2015

No me despierto con cualquier alarma, pero sí con el potente grito de don Héctor; el pitido más agudo y chistoso que he escuchado. Grita: aguacate, y para ello toma fuerza y mucho aire. Inicia con la letra ‘a’, hace un descenso en las dos sílabas posteriores: ‘gua’ y ‘a’, y finaliza elevando la ‘te’ hasta estrellarla con su garganta y el sonido de la ‘e’. Cuando lo escucho pienso dos cosas, primera: no me quiero levantar, y segunda: recuerdo que estoy en un país de Sudamérica, Colombia; en uno de sus departamentos donde son famosos los arrieros, aquellos que transportaban café, carbón y legumbres montados en sus mulas, Antioquia; en la capital de este departamento, donde vives con la primavera impregnada a la piel, Medellín, entonces me levanto.
Al grito lo nombré el ‘son del aguacate’. Aproximadamente son doce sones los que el señor Héctor Aristizábal Giraldo pregona en el tramo de una cuadra. Créanme, no se necesita escuchar los doce para abrir los ojos, con uno sólo lo puedes hacer y ese mismo supera las alarmas del celular.
Laureles es el barrio que recorre todos los días, de 9:00 de la mañana a 2:00 de la tarde con una carreta de color verde. Vende piña Oro Miel y Conga; papaya Maradol; banano Pecoso y Hartón; mango Tommy, Filipino, Gallo Monja, Corazón Mango Corazón, este último nombrado así por su silueta novelesca. Y  aguacate: Hass, Morado, Papelillo, Reed y Collinred.
A causa de un sobrado de caneca, es decir las sobras de basura, casi muere de envenenamiento cuando era niño. Don Héctor dice: “Yo creo que por ser mono todos en mi familia me repudiaban”. Ser mono en Colombia es ser güero en México. Desde chico quedó huérfano y su tono de piel no le agradó al resto de sus hermanos, fue por ello que desde los ocho años decidió salir de su casa y vivir en las calles de Medellín; dormir en las banquetas al lado de personas ahogadas en los vicios del alcohol y la drogadicción, en las calles aprendió a vivir.
No le gusta comer aguacate y todo a causa de haber ingerido unas amargas tajadas hace años. Don Héctor menciona que la legumbre, como lo son la papa y la yuca, y por otra parte el aguacate, es lo más vendido en Colombia. En Medellín la mayoría de comidas llevan aguacate, tales como la bandeja paisa, el platillo emblemático de la región; sancocho, caldo tradicional de toda Colombia y hasta en las arepas cuando les untan guacamole. “Pero a mí no me gusta vender legumbre, es muy delicada, más delicada que el aguacate”, menciona.  


Tenía varias carretas, cinco, un negocio grande, cada una de un color distinto y con productos diferentes para vender: naranja, mango, piña, mandarina y utensilios para la cocina. A la par, trabajaba en una empresa pública de electricidad de Medellín, y siempre, a cualquier hora tenía que presentarse en la planta de Río Negro, a hora y media de la ciudad. Esto no le pareció a su mujer, quien lo abandonó, tomó a sus cinco hijos y se fue de la casa. Don Héctor tomó las botellas de aguardiente y cerveza para apaciguar el desamor y la soledad. Duró un rato tratando de bajar las penas. Vivía en un hotel con un pantalón roto hasta las rodillas cubierto de una capa negra, una camisa blanca que poco a poco sucumbió a la oscuridad y unas trusas a punto del quiebre total.
Don Héctor frecuentaba un barrio donde había una larga lista de cantinas. Ya cansado, un día le pidió a Dios una mujer, una persona que lo sacara adelante: “Señor si me da una mujer, yo dejo el alcohol”. A los pocos días fue a un bar donde lo atendió una mujer y la conversación que sostuvieron sonó así:

-¿Qué va a tomar?
-A usted para mi mujer
-Listo
-¿Es enserio?
-Si, pero deme plata
-Plata, ¿para qué?
-Para vestirlo y cambiarle ese aspecto que tiene.

La señora desde hace tiempo lo quería pero no sabía como decírselo. A ella la pretendía el titular de una empresa de aceros, llamada Incamental, mas decidió quedarse al lado de don Héctor. “Yo dejé el licor y ella lo tomó por mi. Cuando bebía se ponía violenta. Me cansé y tuve que dejarla. Me he enterado que ya dejó ese vicio”.
Don Héctor continuó con la venta de fruta afuera del estadio Atanasio Girardot: “Yo picaba mango y fue allí cuando conocí a mi actual esposa. Me preguntó la hora y yo se la di. Estoy agradecido con Dios por tenerla y haberme dado cuatro hijos”.  Cuenta que charlaron por un largo rato, y él la invitó a almorzar, ella asistió con la cabeza y se fue. Ocho días después don Héctor bajaba con su carreta de fruta y una mujer lo detuvo diciéndole:
-¿Ya no me recuerda?
pero de inmediato le respondió: -¡Eh! ¿Cómo estás?
-Me debía un almuerzo, ¿no?

El ‘son al aguacate’, como denominé el grito de don Héctor, es la forma más atractiva de vender su producto, menciona que en Colombia, todo aquel que tenga una bocina para pregonar su mercancía se la quitan y le ponen una multa. Es por eso que los vendedores deben de buscar el grito adecuado, con el tono acertado y la chispa correcta para atraer al cliente y comercializar sus productos. “En alguna ocasión un vecino se quejó de mis gritos. ¡Hey, aguacatero, para tu bulla!, me dijo y me insultó, según él me quería meter una demanda pero no pudo. Tengo permiso para vender en la calle y anunciar lo que vendo”. 
Los vendedores le gritan al plátano, al mango o a la piña, pero don Héctor sólo le grita al aguacate; es la señal con la que sus clientes identifican que es él, y además, que ya está cerca de sus casas. En la venta ha ganado y perdido amistades, al comprarle un plátano optan por comenzar un diálogo, o al no pagarle deciden ya no volver a hablar con el señor del aguacate. “Debo estar expuesto a recibir la experiencia que cada ‘culicagado’ me regale, así como la propia mostrarla a los demás”.

-Quibo, precioso
-¿Cómo estás?
-Bien, ¿y tú?
-Te vas a gastar una entrevista con la chica
-Si, pues…

Tiene una buena clientela, y los sábados son los días en que tiene una venta a causa de que sus clientes están en casa y escuchan pasar al señor del aguacate. Don Héctor pone un puesto los domingos en la ciclovía; lo atiende su esposa y allí venden fruta picada: piña, mango y papaya; también gatorade, gaseosa y agua helada para todo aquel que pase con antojo y sed.
El son del aguacate lo escucho todos los días; no lo bailo porque no es bailable pero me gusta escucharlo. A diferencia de los demás sones, éste es interpretado por una sola persona con cuerdas vocales y percusión de venta;  es la tonada que anuncia, que versa el ímpetu de darle pa’ lante a la vida, y que mezcla composiciones para seguir firme ante los contratiempos que le atañen.
Este son me recuerda a México. También me recuerda al árbol de aguacate que hay en mi casa, en Autlán, lo dejé triste y pelón a causa de una plaga encimosa, muy brava y blanca. Espero regresar y verlo verde, lleno de frutos para de nuevo, temerle a los mentados ‘aguacatazos’, esos que según mi tía ‘Coco' hacían doler los ojos por dentro.  A mí nunca me cayó uno pero por si las dudas, en los meses de junio y julio siempre caminaba de prisa cuando  atravesaba el patio. Por ahora escucho, despierto y como del aguacate colombiano, de ese que don Héctor vende y anuncia por Laureles.



domingo, 24 de mayo de 2015

Guerras paralelas

Rostros de los 300 desaparecidos en el Salón del Nunca Más.


Por Andrea Guadalupe Murillo Gutiérrez


Llegué a Colombia, ávida de su sabor y de sus ritmos, de su periodismo y de los colores caribeños de su bandera. Me importaba poco su pasado y su presente mediatizado por la violencia suscitada a causa del narcotráfico: llegué sin miedo. A mi arribo, me tapaba los oídos y la boca para no hablar de la descomposición social y política de mi país. No lo quería hacer porque no tenía ganas. Quería conocer más de los conflictos colombianos y así, quizás, esto me ayudaría a comprender la de mi país, pensaba. Aunque después atisbé que era inevitable desprenderme de mi condición, pues ambos países comparten problemáticas como el narcotráfico, grupos civiles armados, poblaciones en situación de pobreza extrema y desigualdades de enormes brechas que nos separan como sociedad.

Fue entonces que mientras conocía más de Colombia, vinculaba los conceptos a México, deseando terminaran, destapándome los oídos y la boca para hablar, sensibilizándome aún más. Al hacer que la letra ‘r’ retumbara en mi oído con la palabra ‘recordar’, y ésta tuviera en mi memoria un eco constante: cada muerte ocasionada por el conflicto armado que se instaló en este país como algo natural desde hace cinco décadas debía ser recordada ante el combate entre guerrilleros, paramilitares, narcotráfico y militares; ya hasta los confundía pues no sabía cuál era cuál. “Todos matan, todos hieren, todos son lo mismo”, me lo confirmó Gloria Quintero, vocera del Salón de Nunca Más, en Granada, Antioquia.
Salón del Nunca Más. Granada, Antioquia.

Al hermano de Gloria lo sacaron de su casa para desaparecerlo hace 12 años. Forma parte de las 17.771 víctimas de desaparición forzada entre 1990 y febrero de 2012 de todo el país, según El Proyecto Víctimas de la revista colombiana SEMANA. No me gustan las cifras, prefiero los rostros, las historias de vida y los testimonios, pero al ser tantas personas víctimas de los crímenes de esta guerra, como también lo son de masacres de desplazamiento, crímenes selectivos, reclutamiento infantil, violencia contra indígenas, violencia sexual, homicidios selectivos, despojo de tierras, violencia contra afros, ejecuciones extrajudiciales, secuestro y minas antipersonales, cuyo saldo es de casi cinco millones y medio de víctimas desde 1985, según La Unidad de Víctimas, debo hacerlo. 

Este salón es para mostrar a la comunidad lo que deja la guerra; es un dolor colectivo: Gloria Quintero.

Reitero, no me gustan las cifras y menos este tipo de números rojos. Así que pensé en lo que debía hacer: indignarme, recordar y mostrar esta situación que parece es un espiral sin salida, con un tratado de paz tambaleante en el que sus firmantes adversarios dicen suspender el cese al fuego pero atacan por la espalda a soldados; una guerra en la que pelean entidades privadas para la acción pública, por sus tierras. Este es el origen político del conflicto armado; y el narcotráfico como principal factor de prolongación y degradación, y el postconflicto: el mayor problema de Colombia después de que el presidente Santos llegue a un acuerdo con paramilitares y guerrilleros. Guerra como cualquier otra: cruel, inútil y costosa, sólo que ésta es arcaica y con un futuro apabullante.

Al leer un texto de Luis Bugarini para la revista mexicana Nexos, en el cual se pregunta ¿para qué sirve la indignación? ¿Ayuda a vivir? ¿Nos cura la gripa? ¿Paga las cuentas o lleva a los hijos a la escuela? ¿Pagaremos menos predial por estar indignados? ¿No subirá el costo de la gasolina? Y se  responde aludiendo a: “Indignación es uno de esos términos próximos a agotarse. Una sociedad indignada ayuda poco a la construcción de un país con mejores prácticas. Se ha vuelto otra modalidad de testimoniar la ruina de un país”. No coincido con él pues me parece, como anteriormente lo mencioné, debo y debemos mostrarnos indignados y recordar los hechos para ‘memorizar’. “La memoria es importante. No para vivir llorando ni para vivir odiando; es para restablecer nuestros derechos y hacer denuncia”, palabras que hace días me dijo Gloria, y a lo que Tzvetan Todorov sostiene como “la recuperación del pasado indispensable; lo cual no significa que el pasado deba regir el presente, sino que, al contrario, éste hará del pasado el uso que prefiera. Sería de una ilimitada crueldad recordar continuamente a alguien los sucesos más dolorosos de su vida; también existe el derecho al olvido”.

Para Gloria, este conflicto le hizo ver que el dolor no es de uno nada más, que hay más personas que sufren y no han podido superarlo. No es ella la única que ha sido víctima, confiesa. El estar en un proyecto que tiene como objetivo sensibilizar a los habitantes de Granada y las demás personas del país. “Cada persona pasa por una pena distinta pero igual de importante”, alude.

"En ellas, familiares y amigos le escriben a cada uno cuánto lo extrañan".

Granada es uno de los municipios del departamento de Antioquia, y de Colombia, con mayor número de víctimas a causa de esta conflicto. Cuentan que en 1988 fue la primer toma guerrillera y en 1990 la segunda.  Los guerrilleros son personas con ideología de extrema izquierda cuyo fin es la repartición de tierras. Los guerrilleros son las FARC (Fuerzas  Revolucionarias de Colombia) que surgieron como reacción a la persecución política iniciada por el gobierno del Partido Conservador (1946-1953) y también el ELN (Ejército de Liberación Nacional), otro grupo guerrillero que lucha por la tierra. Durante estas cinco décadas ambos grupos han subsistido y mantienen una lucha contra  militares, y paramilitares, éstos últimos son grupos que crearon empresarios y campesinos para combatir a los guerrilleros, pero en realidad, le han causado más daño al país. Otro puntero es el narcotráfico, que tomó un auge en la década de los 80’s de la mano de cárteles como el de Medellín comandado por Pablo Escobar Gaviria y el cártel de Cali encabezado por los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela.

El Salón del Nunca Más es una iniciativa que surgió del Comité de Reconciliación y la Asociación de Víctimas Unidas por la Vida (Asovida). Con mujeres, en su mayoría liderando el proyecto, víctimas directas o indirectas, ellas sufren igual e indistintamente por la pérdida de sus seres; con las ganas de ayudarse unas con las otras, donde por medio de reuniones y consensos unificaron un sólo discurso para convertirlo en acción pública, y a su vez, generar una reconstrucción al tejido social.

Todos los seres humanos experimentamos la necesidad de pertenecer a un grupo, pues con ello obtenemos un reconocimiento. En Granada, las mujeres, a través de este proyecto captaron cambios en la opinión pública, al ser esto un referente para la divulgación de ideas y pensamientos. Ellas participan e impulsan campañas solidarias para mantener el salón; hacen colectas comunitarias, rifas y marchas para involucrar a los granadinos. En el 2008 la Alcaldía de Antioquia les cedió el Salón del Nunca Más (hasta el 2016). Y fue inaugura el 03 de julio de 2009. “Al Estado no le gusta este trabajo, ¿cómo le va a gustar?, si estamos demostrando de lo que son culpables, porque ellos son los responsables”, menciona Gloria. En Colombia, el Estado ya no provee seguridades sino mayores incertidumbres.
En el salón apenas hay 300 fotografías para recordar a los 1500 desaparecidos de Granada. El salón está compuesto por dos pisos, con una pared gigante repleta de rostros monos, morachos y callados, sosteniendo las pisadas de unos niños que juegan inquietos por toda la superficie sin reconocer su victimización pues sólo esperan el regreso de su padre o de su madre desde hace años.  En la pared hay una fosa simbólica que representa el lugar del desaparecido, y alrededor de ella están los rostros de cinco personas que han sido exhumadas. Por encima de unas tablas hay libretas, que según Gloria, son el alma de los desaparecidos y asesinados, en ellas familiares y amigos le escriben a cada uno cuanto lo extrañan.

Son el alma de los desaparecidos y asesinados: Gloria Quintero.

Mientras retrataba el salón me percaté de una pareja de ancianos, parecían tener entre 70 y 75 años de edad, abrieron de par en par las puertas de cristal que minutos antes Gloria había abierto para mostrarme lo que una joven le había escrito a  su padre el día que cumplió quince años de edad, la chica quería su papá estuviera presente con ella festejando los quince de su adolescencia. Entonces vi que sacaron del nicho de madera un cuaderno y dedicaron unas palabras en versos orales, no escribieron, lo colocaron al lado de dos cuadernos y se fueron tomados de la mano, no quise escuchar por respeto y porque sabía que me iba a echar a llorar, fue así como después Gloría me dijo que cada semana asisten para platicar con el hermano del señor.  

-En diciembre 06 de 2000, una cruenta toma de los frentes 9, 34 y 47 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia –FARC, con acciones de terror durante 18 horas, desde las 11 y 20 de ese mismo día hasta las 5:30 de la mañana del día 7, hicieron detonar un carrobomba con 400 kilos de dinamita y continuaron su accionar con la explosión de una cantidad incontable de cilindros de gas, en un distancia que afectó 7 manzanas en el centro de granada. Murieron 23 personas civiles y 5 policías; gran cantidad de heridos; 131 casas, 88 locales comerciales y la estación  de policía destruidos; toda el centro de Granada quedó parcialmente deshecha-.

Días después del atentado cada granadino llevó un ladrillo para la reconstrucción del centro, a lo que se nombró como “la marcha del ladrillo”.  “La guerra no es lo que se vive de un grupo a otro: Militares/ guerrilleros/ paramilitares, es todo lo que vivimos en los pueblos y en las ciudades”, manifiesta Gloria, quien legitima el papel que los medios de comunicación han venido tomando en este conflicto: “Las víctimas no estamos detrás del televisor, las víctimas estamos aquí”.

La marcha del ladrillo, 2000.

Los medios de comunicación, ocultaban y desviaban el foco principal de los hechos ocurridos en Granada. Los telediarios no muestran la problemática social que se vive; imponen su opinión respecto  a los acontecimientos, es por ello que se habla de la Agenda Setting, cuando los medios ponen mayor énfasis en un tema  restándole importancia a otros de interés público.

Los periodistas tienen la obligación de relatar la historia de cada una de las víctimas, aun sea una tarea titánica y casi imposible. No dar a conocer el hecho con cifras y notas de “a diario” para NO naturalizar el problema. Se necesita ver el hecho de diferentes perspectivas, con contenidos narrativos qué expliquen al lector las distintas caras del conflicto. En Colombia al igual que en México, no se puede ser insensible e indiferente ante el dolor de los otros. El papel del periodista es para contribuir en una sociedad se entienda qué es lo que pasa. No hacer apología a la violencia sino relevancia a los esfuerzos ingentes de los ciudadanos como Gloria y sus 200 compañeros. 

Me voy de Colombia enterada de su situación política y social. Preocupada más que nada; me inquieta el futuro que le va a venir a este país, no me quiero ir a México a consumir noticias disfrazadas del conflicto colombiano, pero tampoco me quiero quedar aquí a escucharlas. Me regreso a mi país para llegar a mi estado y permanecer unos días en mi municipio a constatar el alarido de los helicópteros y la vorágine de los retenes, también preocupada.  Visité un municipio donde se hallan los recuerdos de los desaparecidos y asesinados por el conflicto armado y un país, espero, a mi regreso siga vivo ya no de recuerdos sino de personas.

Marcha por la Paz, 9 de abril de 2015.