miércoles, 12 de agosto de 2009

Don Gumersindo Alatorre



¿Quién, que no sea más o menos de mi edad, no se acuerda del exquisito chocolate de Don Gumersindo? Era un deleite tomarlo en agua. Calientito.
Será por que de niño todo lo que le da a uno su mamá, le sabe bueno, o en realidad está bueno. Pero la verdad es que yo nunca he vuelto a saborear una taza de chocolate tan sabroso.
Don Gumersindo Alatorre comenzó a elaborar su famoso producto artesanalmente en la cocina de su casa, ayudado por una sirvienta que le molía el cacao con sus ingredientes en un molino de mano. Cuando aumentó la demanda acondicionó una habitación, compró molinos, accesorios adecuados y montó su pequeña fábrica con dos o tres trabajadores.
Su producción no era mucha, toda se consumía en la localidad, no tenía competencia, cuando menos al principio. Las fábricas chocolateras de Guadalajara no tuvieron mucho éxito cuando llegaron con su producto, pues la gente estaba acostumbrada al sabor del chocolate de don Gumersindo; tanto así, que lograron introducirse sólo hasta que éste bajó su productividad. Sabido era que don Gumersindo hacía tan buen chocolate porque usaba para su elaboración materias primas de calidad; importaba la canela y el cacao de Ceylán.
Trabajaba dos presentaciones: una tablilla redonda de diez centímetros de diámetro por cinco mm. de grosor, en paquetes de diez unidades envueltas en papel estraza y otra tablilla más chica de cinco centímetros de diámetro e igual grosor empacada en la misma forma, ambas divididas en cuarterones, marcados con el número ocho, que al parecer era su dígito prefrerido, pues cuando estableció su negocio, después de ser el contador general en la Hacienda Ahuacapán, lo llamó "El Gran Número Ocho", el cual estuvo ubicado en la esquina donde hoy está Bancomer, contraesquina de la presidencia municipal.
Frente a mi casa había una tienda de abarrotes pequeña "la tienda de Rafaila". Muchas veces, no sé cuántas, siendo niño acompañé a Rafaila a hacer sus compras, pues gustaba de invitarme como su ayudante y cargador y a mí me encantaba acompañarla. El recorrido que hacíamos por las calles empedradas del Autlán de antaño, siempre era el mismo, nos encaminabamos primero al templo de la Purísima a hacer una larga visita al Santisímo expuesto, de ahí pasábamos a la agencia (así nombraba ella al negocio de abarrotes de don Lucio Ramírez que estaba frente al costado sur de la Parroquia). Después de hacer sus compras, cargado con varias costalillas, desandábamos una parte del camino para tomar la calle Antonio Borbón que nos llevaba a la casa de don Gumersindo, donde se surtía del renombrado chocolate. Al llegar invariablemente entraba primero Rafaila gritando ¡Don Gumersindo, don Gumersindo, ya llegamos!, haciendo un gran alboroto y esto sin duda le caía en gracia al señor, por que siempre me regalaba un cuarteroncito del delicioso chocolate que me engullía con mucho agrado.
Fue de esa forma como conocí a don Gumersindo, lo recuerdo vestido con su traje de dril color kaki, camisa blanca, con sus infantables tirantes, siempre muy pulcro.
La muchachada solíamos comprar las tablillas chicas y comérnoslas como una deliciosa golosina. Rico sabor de boca dejó en mí, que los chocolates que actualmente existen en el mercado, no han logrado hacer que olvide el olor y sabor del de don Gumersindo.
Mi abuela Amparo Rochín, como muchas familias autlenses, tenía la costumbre de merendar a las cinco de la tarde (tradición que ha caído en desuso en la acutalidad), ésta consistía invariablemente en una pequeña taza de chocolate en agua, muy espumosa, con un bolillo de la panadería de los García. Los fines de semana íbamos los nietos de visita a su casa; procurábamos estar a la hora de la merienda, porque a decir verdad si no llegabamos a tiempo, no nos invitaba, una vez en la mesa ya no se molestaba en servirnos y nomás nos quedábamos saboreando.
Era un escuincle de diez años, cuando mi madre por darnos buena educación cristiana, nos inscribió a mi hermano José y a mi en la agrupación de niños católicos "Los Tarcisios". Nos reuníamos cada mes a rezar un ritual toda una tarde, guiados por un seglar. También nos organizaban paseos que disfrutábamos mucho. En cierta ocasión don Gumersindo fungió como nuestro guía, esa tarde todos estabamos muy inquietos, lo ví que venía hacia mí como enojado y lo primero que se me ocurrió pedirle fue un cuarterón de chocolate.
-¡Estáte quieto niño! - dijo - al tiempo que me dio un coscorrón. El correctivo sirvió para todos. Nos mantuvo quietos con la pura mirada el resto de la tarde.
A la salida se acercó a mí y murmuró muy quedo: "Niño, en la casa de Dios no se juega" y metiendo su mano a la bolsa de su pantalón sacó una tablilla y me la dio.
Era un hombre muy bondadoso y enérgico a la vez. Desde ese día, cada que lo encontraba le saludaba agitando mi mano. Siempre contestó con una sonrisa. Nunca me le olvidé, ni él a mí.
No supe cuándo nos dejó, me dí cuenta de su partida, por que ya no hubo más tablillas de chocolate en casa. Yéndose él, acabó una tradición de varias generaciones que disfrutamos el dulce néctar del cacao elaborado con su fórmula única.
Muchos autlenses coinciden al afirmar cómo lamentable el hecho de que una industria doméstica como la de él, con un buen prestigio, no haya tenido quién la continuara y en la actualidad queden sólo bellos y enchocolatados recuerdos de ello.
Don Gumersindo dejó dulce huella de su paso por este mundo. Bastaría el hecho de su actividad como industrial para recordarlo; pero además, fue tronco de una familia muy talentosa que le ha dado lustre al terruño.
Moíses (finado) excelente violinista, director de orquesta, gran caballero, hombre jovial, amigo de sus amigos, de fama nacional. En muchas ocasiones vino al Carnaval a amenizar los bailes en el Casino. Yo tuve la suerte de bailar al ritmo de su orquesta y hechizarme con las notas de su violín que como una deferencia ejecutaba para sus paisanos.
Otro de sus hijos Antonio: gran señor, filólogo, ensayista, crítico literario, autor de Los 1,001 años de la lengua española, obra interesante en su género debido a la información histórica que nos da de nuestro idioma. Es además un consumado sorjuanista; su trabajo ha trascendido las fronteras e influenciado los medios literarios internacionales.
Ellos dos son los más conocidos, pero tengo entendido que sus demás hijos, también han destacado en sus profesiones. Afirmé renglones arriba que fue don Gumersindo Alatorre un hombre que dejó huella, pues en la actualidad, a través de su descendencia (su apellido) está presente en la memoria no nada más de los autlenses, sino en la de muchos mexicanos e innumerables extranjeros.




Foto y texto tomados del libro Autlenses del siglo XX. pag. 19.
Autor: Juan Manuel Gómez Sandoval.
Primera edición en 2005, Secretaría de Cultura de Jalisco.
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