martes, 22 de julio de 2008

Casiano Ayala

De los hombres típicos que han vivido en Autlán, notables por su talento, que utilizaron para entretener y divertir a los autlenses de antaño, Casiano Ayala, fue uno de ellos. Un hombre de poca cultura, pero de mucho ingenio. Versificador nato, de inteligencia clara, aunque a veces se le embotaba por su afición a adorar al dios Baco.
De oficio, zapatero remendón.
Vivió como bohemio. Conocía a todo Autlán, se codeaba con los principales, quienes le dispensaban su amistad, aunque prefería a los de su clase.
Era admirador de la belleza femenina más no frecuentaba burdeles, mucho menos cantinas, decía: "No sé por qué los hombres van a emborracharse a la cantina, a ver caras de otros hombres, ¡qué gusto tan pando!".
Su lugar era la calle, raras veces la plaza o el jardín donde se disfruta la suave brisa de la tarde después del calorcillo del mediodía. Prefería andar de changarro en changarro en cada esquina donde anduviera uno, el ya sabía donde le vendían su tequeisque (así llamaba al tequila).
Popular como era, no le gastaban bromas pesadas, más bien los tenderos lo protegían y por cuenta de ellos tomaba la copa que correspondía, diciéndoles algún verso sobre política y políticos locales o de algún suceso extraordinario de la población que siempre era oportuno.

II

-Traigo una cruda del padre y señor mío - llegó quejandose Casiano con Juan Hojas, un comerciante que tenía su tiendita de abarrotes en la esquina frente a la tienda 5 de febrero.
- Pos llegates a la mera ora - contestó Catalina su mujer - están hirviendo las hojas de naranjo, o´verás, orita te la curamos. Nomás que te va a costar hacernos una trova pa' nosotros.
- No me digas más, - les dijo Casiano - sólo que me van a esperar para mañana a estas horas para traerles escritos unos versos en honor a tan distinguidos ciudadanos, adorno y orgullo de este barrio.
- No nos maloriés, Casiano - intervino Catalina - que sean versos que entiéndamos, así que chíngate tus hojas con alcolor y mañana nos vemos, a ver si no te rajas.
Nada dijo Casiano, pian pianito se tomó su pócima y terminándola se retiró, más picado que sobrio. Tomó la calle Juárez rumbo al centro, al pasito, tambaleándose llegó a la plaza de gallos (después Cine Lux). Justo enfrente, estaba la casa habitación de Altagracia Uribe, donde se hacían hermosos ramos de flores y variedad de adornos, todos en tela, papel encerado y materiales de la región para engalanar la Parroquia del Divino Salvador durante el novenario del primer domingo de octubre, la fiesta patronal más importante de Autlán (una artesanía que se perdió).
Tenía costumbre Altagracia de trabajar a la vista del público. Estaba con sus ayudantas (que trabajaban todo el año sin cobrar) terminando unos adornos, rodeada de flores por todos lados. Casiano al pasar por ahí se detuvo, se quedó mirando un momento embelesado, al fin se espabiló y le dijo:
-¡Altagracia! que bello nombre y rodeada de tanta belleza, no me canso de admirarte.
- ¡Casiano! tu siempre tan gentil - respondió Altagracia, agradeciendo el elogio.
-Alta-Gracia - siguió diciendo Casiano - bendita tu madre que te regaló con un gran nombre: Alta-Gracia.
En cambio a mí, mi santa madre me amoló para siempre con mi nombre: me puso Casi...ano.
Largo rato dejaron de trabajar Altagracia y sus amigas, celebrando la ocurrencia de Casiano, pues no podían dejar de reír. Terminó Altagracia regalándole un rosa de papel para que la guardara como recuerdo, por el buen rato que les hizo pasar a ella y sus trabajadoras.
No siempre era tan espontáneo, pues Juan Hojas y Catalina por más veces que le curaron la cruda, no lograron que les compusiera un solo verso. Le gustaba hacerse del rogar.
Por ese tiempo había varios talleres de zapatería en Autlán, con excelentes maestros. Se puede decir que existía una industria zapatera que proveía de trabajo a muchos jóvenes, pero que lamentablemente también sucumbió por el empuje de la industria tapatía y el poco interés que mostraron nuestros pequeños industriales.
Casiano llegó al taller de su cuñado Arquieta un sábado por la tarde. El maestro después de pagar a sus operarios, acostumbraba tomar la copa con varios amigos. Ese día se encontraban reunidos además de algunos trabajadores, don Pedro Sierra (comerciante) y don Braulio Sierra, comerciante en sombreros a quien apodaban El Charrito.
- Más vale llegar a tiempo que ser invitado - llegó diciendo Casiano - tomando asiento con los amigos ahí reunidos.
- Nada más que ahora, si no nos compones unos versos para los aquí reunidos, no te vamos a dar ni una copa - le dijo Arquieta a su cuñado.
- Nomás una para entrar en calor y luego veremos - asintió Casiano.
- Ya van cinco que te tomas y nada de versos, ándale, inspírate y recítanos unos - le urgió el Charrito.
-¡Bueno! - contesto Casiano - nada más no se vayan a enojar por que les diga sus verdades.
- Adelante, adelante - lo asuzaron todos para animarlo.
- ¡Ahi les va pues!:
Ayala nació para borracho
Arquieta para ladrón
el Charrito para alcahuete
y Pedro Sierra para cabrón
No les pareció mucho a los aludidos, pero se la tuvieron que aguantar, pues ellos habían insistido.
Esos versos circularon por todo Autlán y le dieron más fama a Casiano que siguió con su misma vida bohemia, sin siquiera apurarse por que le decían que su cuñado se iba a vengar por la burla que le hizo.
Desde entonces los demás amigos se cuidaron de no pedirle versos. No fueran a salir raspados con la ironía de Casiano.
Casiano Ayala falleció por los años cuarenta, las personas que lo conocieron aún lo recuerdan con cariño, por los ratos de alegría que les proporcionó con sus improvisaciones.
No quedó nada escrito de sus versos, todo lo que se sabe de él es por tradición oral.

Tomado del libro: Autlenses del siglo XX.
Autor: Juan Manuel Gómez Sandoval.
Primera edición en 2005, Secretaría de Cultura de Jalisco.
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